La primera anomalía no está en el aire.
Está en el lavabo.
No es la gota.
Es el sonido entre gotas.
Hay una pausa.
Demasiado larga.
Demasiado consistente.
Como si alguien midiera el intervalo.
No debería poder pensarlo así.
Levanto la vista.
El acero del grifo está limpio.
Demasiado limpio.
Más limpio que antes.
Intento recordar si lo había limpiado.
No lo recuerdo.
Pero mis dedos están húmedos.
No de agua.
De alcohol.
Miro el dispensador.
Está a medio uso.
No sé cuándo lo he tocado.
La nota sigue sobre la mesa.
La he dejado abierta.
No recuerdo haberlo hecho.
Pero ahora está abierta.
Solo una parte.
La superior.
La inferior no existe.
Ha sido arrancada.
No hay trozos en el suelo.
No hay fragmento.
Solo la mitad superior.
Y una línea nueva debajo.
No estaba antes.
No la leo.
La leo.
Dice:
NO ES UNA FRASE. ES UNA PRUEBA.
Siento un desplazamiento mínimo en la habitación.
No físico.
Temporal.
Como si el orden de las cosas hubiese cambiado sin moverse.
La grieta ya no está en la esquina.
Está en el reflejo del acero.
Pero el acero no está frente a la pared.
No debería poder reflejarla.
Y sin embargo lo hace.
El lavabo vuelve a sonar.
No hay gota.
Solo impacto.
Como si algo hubiese caído fuera del agua.
La segunda línea de la nota cambia.
Sin que yo la toque.
Ahora dice:
NO LA HAS LEÍDO TODAVÍA.
Y, por primera vez, la frase del cuello aparece en un lugar distinto.
No en mi pensamiento.
En el borde inferior del espejo.
Escrita.
Con mi letra.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…