Lo más incómodo de las marcas no es cuando aparecen.
Es cuando empiezan a desaparecer.
Porque mientras están ahí resulta sencillo.
Existe una explicación.
Existe una superficie.
Existe una prueba.
Puedes mirarla.
Puedes tocarla.
Puedes pensar: esto es lo que estoy recordando.
Pero unos días después todo empieza a volverse confuso.
Los colores cambian.
Los bordes se difuminan.
La piel comienza a recuperar su aspecto habitual.
Y entonces aparece el verdadero problema.
Porque el recuerdo permanece exactamente donde estaba.
A veces me descubro observando una zona concreta del cuerpo mientras me visto.
No durante mucho tiempo.
Solo unos segundos.
Los suficientes para comprobar algo.
Los suficientes para sentir inmediatamente vergüenza por estar comprobándolo.
La marca ya casi no existe.
Lo sé.
Y aun así sigo mirando.
Antes de despertarme ocurre lo mismo.
Ni siquiera he abierto los ojos.
Todavía no he decidido levantarme.
Y sin embargo la memoria ya está trabajando.
Recuerdo la forma.
Recuerdo el lugar exacto.
Recuerdo la sensación absurda de saber que algo estuvo ahí.
Intento pensar en otra cosa.
En el desayuno.
En el trabajo.
En cualquier asunto normal.
Pero la mente tiene una manera extraña de reorganizar prioridades.
Estoy preparando comida.
Cortando verduras.
Lavando platos.
Y de repente recuerdo la marca.
No la sesión.
No el momento.
Solo la marca.
La forma específica en que ocupaba espacio sobre la piel.
La forma en que parecía alterar la geografía completa del cuerpo a pesar de ser tan pequeña.
Eso es lo que me resulta difícil explicar.
La desproporción.
Porque cuanto más insignificante parece ahora, más importante se vuelve dentro de mi cabeza.
A veces estoy viendo un vídeo que no tiene absolutamente nada que ver.
Un documental.
Una entrevista.
Un vídeo sobre historia.
Y de repente alguien hace un gesto.
Una pausa.
Una inclinación mínima de la mano.
Y aparece el recuerdo del Amo.
No como una imagen completa.
Nunca ocurre así.
Aparece como una interferencia.
Como una frecuencia.
Como una presencia que atraviesa otros pensamientos sin pedir permiso.
Y entonces recuerdo algo que me molesta admitir.
Que parte de mí sigue pensando en aquellas marcas mucho después de que dejaron de existir.
Quizá porque las marcas nunca fueron lo importante.
Quizá lo importante era descubrir hasta qué punto podían seguir ocupando espacio después.
Sade escribió sobre cuerpos.
Pero siempre sospeché que en realidad escribía sobre permanencias.
Sobre ideas que se niegan a abandonar una habitación.
Sobre obsesiones que sobreviven a los acontecimientos que las originaron.
Y eso es precisamente lo que me ocurre.
La marca desaparece.
La piel se normaliza.
Los días continúan.
Nada visible permanece.
Y sin embargo algo sigue regresando.
Mientras me visto.
Mientras cocino.
Mientras trabajo.
Mientras intento concentrarme en otra cosa.
Mientras estoy a punto de dormir.
Mientras todavía no he terminado de despertar.
Lo peor no es recordar.
Lo peor es descubrir que sigo esperando encontrar algo.
Aunque sé perfectamente que ya no está ahí.
Y cuanto más intento razonar esa espera, menos sentido tiene.
Cuanto menos sentido tiene, más espacio ocupa.
Cuanto más espacio ocupa, más difícil resulta ignorarla.
Hasta que termino observando otra vez una piel completamente normal mientras una parte de mí continúa buscando una marca que desapareció hace tiempo.
El cuello se bloquea en un ángulo de inscripción absoluta no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…