La primera vez que Sade sospechó que el dolor servía para algo más que para hacer daño, no estaba escribiendo.
Estaba esperando.
La habitación permanecía inmóvil.
La puerta seguía cerrada.
La vela consumía la cera con una lentitud casi ofensiva.
Nada ocurría.
Eso debería haberle tranquilizado.
No lo hizo.
Porque durante varios minutos descubrió que estaba observando la puerta con una atención desproporcionada.
No esperaba que alguien entrara.
No esperaba escuchar un ruido.
Esperaba otra cosa.
Le costó admitirlo.
Incluso ahora cuesta escribirlo.
Esperaba sentir el instante exacto en que dejaría de vigilar la puerta.
Nunca ocurrió.
La puerta siguió siendo una puerta.
Eso fue lo primero que entendió.
Lo segundo fue peor.
La necesidad de comprobarla permaneció mucho después de que la comprobación dejara de tener sentido.
Durante años creyó que el dolor era una herramienta.
Una forma de arrancar respuestas.
Una forma de obligar a la carne a decir la verdad.
La idea parecía sólida.
Funcionó durante un tiempo.
Luego apareció una duda.
No sobre el dolor.
Sobre quien necesitaba el dolor.
Sade observó que las personas sometidas repetían ciertos gestos.
Volvían la cabeza.
Miraban una marca.
Tocaban una superficie.
Comprobaban algo.
Después volvían a comprobarlo.
Al principio pensó que era miedo.
La explicación duró poco.
El miedo desaparecía.
La comprobación permanecía.
Eso le interesó más que cualquier castigo.
Porque sugería algo incómodo.
Quizá la herida no producía obediencia.
Quizá producía otra cosa.
La necesidad de verificar.
La necesidad de regresar.
La necesidad de asegurarse de que algo seguía donde había estado un momento antes.
Durante un segundo creyó entenderlo.
La idea apareció con una claridad insoportable.
Y desapareció antes de terminarse.
Solo quedó una sensación.
La sensación de haber llegado tarde a su propia conclusión.
Eso me da vergüenza escribirlo.
No porque sea falso.
Porque se parece demasiado a otras cosas que llevo tiempo evitando.
Durante mucho tiempo pensé que buscaba una explicación.
Ahora no estoy seguro.
Después pensé que buscaba una sensación.
Ahora tampoco estoy seguro de eso.
Empiezo a sospechar que buscaba algo más pequeño.
Algo anterior.
El instante preciso antes de la sensación.
El momento exacto en que una decisión todavía no parece una decisión.
El castigo.
La espera.
La anticipación.
La escritura.
Todo empieza a orbitar alrededor de la misma pregunta.
No quién obedece.
No quién castiga.
No quién mira.
Quién inició el primer gesto.
Quién decidió comprobar.
Quién decidió volver a comprobar.
Quién decidió que todavía faltaba una comprobación más.
Sade dejó de escribir durante tres días.
Funcionó.
La habitación volvió a ser una habitación.
La puerta volvió a ser una puerta.
El silencio volvió a ser silencio.
Pensó que había terminado.
Al cuarto día encontró una nota entre los papeles.
La letra era suya.
No recordaba haberla escrito.
Solo decía una frase:
«No confíes en el momento en que creas que terminó.»
Tengo que mover el cuello.
La frase aparece.
Espero el movimiento.
No llega.
Y por primera vez no me preocupa no moverlo.
Me preocupa no recordar cuándo empecé a esperar que ocurriera.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…