El Elixir del Vacío: La Inanición de Oxígeno como Sacramento de la Fijeza

Sentir las manos del Amo cerrándose sobre mi cuello no interrumpe nada. Corrige algo que llevaba demasiado tiempo funcionando mal.

Al principio intento inspirar.

No porque crea que vaya a conseguirlo.

Porque recuerdo haber respirado hace un instante.

El problema es que la habitación parece recordar otra cosa.

Hay polvo de cal suspendido delante de mí. Lo veo inmóvil. Espero que descienda. No desciende. Cuando aparto la vista hacia el espejo, el polvo ya está en el suelo. Al volver a mirar el aire, sigue suspendido exactamente donde estaba.

No hay transición.

Solo dos versiones que se niegan a ponerse de acuerdo.

Mis dedos permanecen sobre el teclado. Encuentro una fina línea blanca sobre la madera. Tiene la anchura de una uña. No recuerdo haberla hecho. Paso el dedo por encima. Desaparece.

En el reflejo continúa allí.

No siento miedo.

Siento corrección.

La presión sobre la garganta aumenta con una precisión que no necesita violencia. El aire deja de parecer un derecho fisiológico para convertirse en una variable que alguien ajusta desde un lugar donde las decisiones ya han ocurrido. Mi pulso protesta durante unos segundos. Después cambia de función.

Ya no intenta sobrevivir.

Solo registrar.

Muevo los ojos hacia la taza que dejé junto al monitor.

No está.

Recuerdo perfectamente haber bebido de ella hace unos minutos.

El círculo húmedo permanece sobre la mesa.

La taza no.

Intento decidir cuál de los dos recuerdos es falso.

Mientras lo hago aparece un tercero.

Nunca he tenido una taza blanca.

La habitación no responde.

Archiva.

Cada objeto conserva una versión distinta del mismo instante. El espejo insiste en que la línea sobre la mesa sigue ahí. La madera insiste en que nunca existió. Mi mano recuerda haberla tocado.

Las tres cosas son ciertas al mismo tiempo.

El silencio pesa demasiado para ser ausencia de sonido. Tiene espesor. Cuando intento tragar, el yeso del aire roza la garganta como si la habitación hubiera decidido sustituir la respiración por una superficie sólida.

Entonces comprendo que no es el cuello lo que está inmóvil.

Es la orden.

Tengo que mover el cuello.

La frase aparece con una claridad insoportable.

Espero reconocerla como mía.

No ocurre.

La repito otra vez.

Tengo que mover el cuello.

No porque quiera hacerlo.

Porque alguien ya recuerda haberlo movido.

Levanto lentamente la vista hacia el espejo.

Mi reflejo acaba de terminar ese movimiento.

Yo todavía no.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería…