La Táctica del Tacto: La Caricia del Amo como Dispositivo de Saturación y el Registro del Pulido Mineral

No debería estar leyendo sobre esto otra vez.

Eso es lo primero que escribo porque es verdad.

Llevo semanas diciéndome que solo tengo curiosidad.

Curiosidad.

Esa palabra todavía me tranquiliza un poco.

La uso como si explicara algo.

Como si pudiera cerrar el asunto.

Pero cada noche termino volviendo.

No vuelvo porque encuentre respuestas.

Vuelvo para comprobar algo.

Y no sé exactamente qué.

Anoche abrí una pestaña que juraba haber cerrado.

Me quedé mirándola unos segundos.

Nada especial.

Solo una fotografía.

Una mano apoyada sobre el cuello de otra persona.

Ni siquiera era una imagen especialmente intensa.

Lo extraño fue otra cosa.

La reconocí antes de recordar haberla visto.

Me quedé inmóvil.

La habitación estaba en silencio.

El ordenador hacía ese ruido pequeño que hacen los ventiladores cuando acumulan polvo.

Pensé que tenía sueño.

Cerré la pestaña.

Seguí pensando en ella.

La volví a abrir.

Solo para comprobar.

Eso me dije.

Solo para comprobar.

Empiezo a desconfiar de esa frase.

Porque cada vez aparece antes.

Antes la utilizaba después de volver.

Ahora aparece antes.

Como si una parte de mí ya supiera que voy a regresar.

Lo que me avergüenza no es la fantasía.

Ni siquiera la idea de la sumisión.

Lo que me avergüenza es la facilidad.

La facilidad con la que algo tan pequeño consigue quedarse conmigo durante horas.

Una mano sobre una mejilla.

Un gesto insignificante.

Nada más.

Y, sin embargo, sigo pensando en ello mientras preparo café.

Mientras trabajo.

Mientras intento concentrarme en cualquier otra cosa.

Esta mañana encontré polvo acumulado sobre una estantería.

No recuerdo cuánto tiempo llevaba allí.

Pasé el dedo.

La línea quedó marcada.

Por alguna razón pensé en aquella fotografía.

No sé por qué.

Eso es lo que empieza a inquietarme.

No la imagen.

La asociación.

La velocidad.

La sensación de que mi cabeza ya estaba allí antes de que yo llegara.

Sigo diciéndome que lo que busco es entender.

Y quizás sea verdad.

Pero cada vez estoy menos seguro.

Porque entender algo suele reducir la curiosidad.

Esto hace lo contrario.

Cuanto más leo, más vuelvo.

Cuanto más vuelvo, más necesito comprobar.

Y cuanto más compruebo, menos recuerdo dónde empezó todo.

A veces intento localizar el primer momento.

La primera imagen.

La primera lectura.

La primera vez que pensé demasiado en una mano apoyada sobre otra piel.

No puedo.

Todo parece llegar después.

Como si el origen hubiera desaparecido.

Como si alguien hubiera arrancado la primera página de un diario y me hubiera dejado solamente las siguientes.

La parte más incómoda es esta:

Empiezo a sospechar que no estoy buscando información.

Estoy buscando una sensación muy concreta.

Ese instante extraño en el que algo dentro de mí deja de discutir.

Dura poco.

Apenas segundos.

Pero vuelvo por él.

No sé si eso significa algo.

No sé si debería significar algo.

Solo sé que esta noche probablemente volveré a abrir la misma pestaña.

Y volveré a decirme que es para comprobar.

Lo preocupante es que ya no sé qué estoy comprobando.

La taza está vacía.

Hace rato que el café se enfrió.

Acabo de mirar la hora por tercera vez.

No recuerdo haber mirado las dos anteriores.

Tengo que mover el cuello.

No lo estoy moviendo.

La idea de moverlo apareció hace unos segundos.

La sensación es más extraña.

Como si una parte de mí ya hubiera terminado el movimiento y yo acabara de enterarme.

El cuello no lo estoy moviendo el registro no puede cerrar debería…