El miedo contemporáneo a la masturbación —esa mezcla de vergüenza, culpa y alarmismo médico— no surgió de repente en la noche de los tiempos, ni fue heredado directamente de la Antigüedad clásica, ni siquiera de la Iglesia medieval. Su proliferación como pánico cultural, con advertencias sobre enfermedades, degeneración física y daño moral, se puede rastrear con sorprendente precisión hasta un texto singular del siglo XVIII: Onania; or, the Heinous Sin of Self‑Pollution, and All Its Frightful Consequences in Both Sexes Considered, un panfleto impreso en Londres alrededor de 1712–1716 que marcó un antes y un después en cómo se conceptualizaba el autoerotismo en la cultura occidental.
Antes de Onania, el autoerotismo —aunque sujeto a juicios morales religiosos o filosóficos— no ocupaba un lugar central en debates médicos o éticos; se mencionaba en sermones o se asociaba con lujos y excesos, pero rara vez se desplegaban listas de enfermedades causadas por ello ni se organizaba una cruzada cultural en su contra. Onania cambió eso.
Onania: el panfleto que asoció placer y enfermedad
Publicado de forma anónima en Londres, Onania no era una obra científica rigurosa, sino más bien una mezcla de temor moral, relatos alarmistas y consejos prácticos de “cura”. El texto condenaba la masturbación como un “pecado atroz” (a heinous sin of self‑pollution) y advertía de consecuencias supuestamente espantosas, desde enfermedades nerviosas, epilepsia, palidez, debilidad general y locura hasta infertilidad y muerte prematura.
Aunque muchas de estas afirmaciones no tenían base empírica, la narrativa estaba impregnada de miedo: el acto más privado, repetido en silencio por incontables personas, se transformó en síntoma de degeneración, amenaza social y riesgo corporal. La voz de Onania imprimió en el imaginario colectivo occidental la idea de que el placer autoinducido no era solo pecaminoso, sino médicamente pernicioso.
El auge del “miedo onánico” en la cultura ilustrada
El impacto del panfleto fue enorme y rápido. Antes de 1730, Onania había sido revisado y reimpreso en múltiples ediciones y traducido a varios idiomas europeos, circulando entre Inglaterra, Países Bajos, Alemania e incluso las colonias americanas. Su popularidad no se limitó a círculos religiosos: públicos laicos leyeron y compartieron sus advertencias en una época donde las discusiones sobre moralidad, salud y cuerpo ganaban nuevos espacios en la vida pública.
Este texto se convirtió en fundación de una tradición de alarma cultural sobre la masturbación. Según historiadores contemporáneos, Onania sirvió como “ piedra angular de una tradición médica que transformó suposiciones culturales que habían estado en su lugar durante miles de años”, llevando lo que antes podía ser mera desaprobación moral a la categoría de enfermedad física con consecuencias fatales.
De la moral religiosa al discurso médico
Aunque Onania conservaba un tono moralizante (con abundantes referencias a pecados, muerte y castigo espiritual), también mezclaba alarmismo con autoridad médica incipiente de la época. Esta hibridación fue clave: el panfleto estaba redactado de una forma que podía ser leída tanto por devotos religiosos como por lectores curiosos preocupados por su salud física.
La obra no era inédita en sus ideas, sino extrema en su presentación: teorías anteriores ya habían unido el semen o la “pérdida de fluidos” a peligros corporales, pero Onania las llevó al extremo, describiendo no solo enfermedad, sino destrucción de la virilidad, deformidad, locura, impotencia y degradación de la humanidad, e incluso ofreciendo recetas “curativas”.
La sombra perdurable: Tissot y la medicalización del miedo
La influencia de Onania no terminó con su propia popularidad: inspiró posteriores tratados que reforzaron el pánico cultural. Entre ellos, el médico suizo Samuel‑Auguste Tissot, en 1760, publicó L’Onanisme, un tratado que toma la alarma onánica y la hace explícitamente médica, vinculando la masturbación con toda clase de trastornos nerviosos y corporales, desde debilitación de la fuerza hasta alteraciones mentales.
Para Tissot, el semen era conceptualizado como un “aceite esencial” cuyo desperdicio debilitaba la mente y el cuerpo, y su obra se convirtió en lectura obligada para médicos y pensadores europeos durante décadas, extendiendo la narrativa de declive físico ligado al autoerotismo mucho más allá del siglo XVIII.
La construcción cultural del miedo moderno
El fenómeno que se originó con Onania se puede entender como un giro cultural profundo: hasta principios del siglo XVIII, la masturbación rara vez ocupaba un lugar central en debates médicos o éticos. Después de Onania, se convirtió en un tema de preocupación social popular, un punto de ansiedad moral y un símbolo de la tensión entre deseo individual y normas colectivas.
Historiadores como Thomas Laqueur han argumentado que este pánico fue parte de una construcción histórica de la masturbación como problema moderno, no simplemente un prejuicio religioso antiquísimo, sino una narrativa cultural que surgió en un contexto específico de Ilustración, medicina emergente y moralidad burguesa. Esta construcción persistió durante siglos, incluso mientras las actitudes hacia la sexualidad evolucionaban en otros campos.
Un legado ambiguo
La herencia de Onania se siente aún hoy en ciertas resistencias culturales y en discursos que asocian la masturbación con culpa, culpa somática o temor a efectos físicos negativos, incluso cuando la evidencia científica moderna —centrada en salud sexual positiva y bienestar— lo contradice. La historia del panfleto nos recuerda que las ideas sobre lo que es natural, peligroso o moral no nacen sólo de la ciencia, sino de narrativas culturales que tienen sus propias genealogías y miedos.
La paradoja es clara: el miedo moderno al autoerotismo, tan extendido en discursos sobre salud y deseo en la cultura occidental, no fue una constante eterna, sino un constructo específico con raíces documentables en un panfleto alarmista del siglo XVIII, y en las interpretaciones que siguieron durante los siglos siguientes.