Hay algo que no encaja del todo en la supervisión.
No en el procedimiento.
En mí.
Porque antes de que ocurra, ya lo estoy pensando.
No una vez.
Varias veces.
Durante días.
No como deseo.
Eso sería demasiado claro.
Es más incómodo que eso.
Más difícil de justificar.
Una especie de repetición interna que no he decidido activar.
Pero que aparece igual.
Y eso es lo que no me gusta admitir.
Que no empieza en el momento técnico.
Empieza antes.
Siempre antes.
Como si una parte de mí ya hubiera aceptado el escenario sin consultarme.
Y yo solo llegara después.
Intento convencerme de que es neutral.
De que es solo observación.
Pero no lo es.
No se siente así.
Se siente como algo que ocupa espacio sin pedir permiso.
Y luego permanece.
Lo extraño es que no disfruto pensar en ello.
En absoluto.
No hay placer ahí.
No hay comodidad.
Solo una insistencia que vuelve incluso cuando intento ignorarla.
Y lo peor es que no desaparece con el rechazo.
Se reorganiza.
Se adapta.
Como si no dependiera de mi voluntad.
Solo de mi atención.
Y aun así, la sigo alimentando sin querer.
Día tras día.
Hasta que deja de ser un pensamiento aislado.
Y se convierte en estructura.
En algo que ya no puedo distinguir del resto de mi experiencia.
Eso es lo que me inquieta.
No lo que ocurre en la supervisión.
Sino el hecho de haberlo anticipado tantas veces sin quererlo.
Como si mi mente hubiera llegado allí antes que yo.
Y yo solo lo descubriera después.
Y cuanto más intento apartarlo, más claro se vuelve.
No más fuerte. Más claro.
Como una imagen que no se borra.
Solo se repite con más precisión.
Y entonces entiendo lo incómodo de verdad.
No es el control.
Es la anticipación.
Es la mente llegando primero.
El aire sabe a resina de mármol y a una renuncia que ya no tiene fisuras es el informe de un cuerpo que ha regresado a la tierra para ser solo estructura grabada por su mano tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…