No era la imagen.
Eso pensé al principio.
Que era una cuestión visual.
Una fotografía.
Un vídeo.
Una postura determinada.
Algo fácil de señalar con el dedo.
Pero no era eso.
Porque cerraba la pantalla y seguía ahí.
Volvía al día siguiente.
Y al siguiente.
Y al siguiente.
La taza de café estaba fría.
No recordaba cuándo había dejado de beberla.
Había una capa fina de polvo sobre el escritorio, justo debajo del monitor.
No sé por qué me fijé en eso.
Llevaba días sin verlo.
Quizá porque estaba intentando mirar cualquier otra cosa.
Cualquier cosa menos lo que realmente me interesaba.
Decía que estaba investigando.
Y era verdad.
Leía artículos.
Foros.
Comentarios.
Experiencias de otras personas.
Intentaba entender.
Eso era lo extraño.
La necesidad de entenderlo tanto.
Porque hay miles de cosas que no entiendo.
Y no paso horas leyendo sobre ellas.
No vuelvo una y otra vez.
No abro diez pestañas antes de dormir.
No me sorprendo pensando en ellas mientras espero el ascensor.
Con esto sí.
Y empezaba a incomodarme.
No la curiosidad.
La intensidad.
La forma en que parecía crecer sola.
Como una grieta diminuta que un día descubres en una pared.
Después vuelves a verla.
Y ya no puedes dejar de verla.
No parecía excitación.
O al menos no de la forma en que siempre había entendido esa palabra.
Era algo más difícil de nombrar.
Una sensación de gravedad.
De atracción.
De acercarme a una pregunta que no terminaba de comprender.
A veces cerraba el navegador con cierta vergüenza.
Como si alguien pudiera entrar en la habitación y leerme por dentro.
Aunque no hubiera nadie.
Solo la luz azul del monitor.
El ruido lejano de la calle.
Y el silencio.
Mucho silencio.
Recuerdo una noche especialmente absurda.
Llevaba más de una hora leyendo.
Me levanté.
Di unos pasos.
Fui a la cocina.
Abrí la nevera.
Ni siquiera tenía hambre.
Volví.
Y seguí leyendo exactamente donde lo había dejado.
Como si algo me estuviera esperando.
Eso fue lo que me inquietó.
No el contenido.
No las palabras.
La sensación de regreso.
La facilidad con la que volvía.
Como si una parte de mí ya hubiera tomado una decisión que la otra todavía desconocía.
¿Era deseo?
No lo sé.
Quizá todavía no.
¿Era curiosidad?
Sí.
Pero tampoco era solo eso.
La curiosidad suele desaparecer cuando encuentra respuestas.
Esta parecía alimentarse de ellas.
Cada respuesta abría otra puerta.
Cada puerta otra pregunta.
Y cada pregunta ocupaba un poco más espacio.
Miro la pantalla.
Luego la ventana.
Luego vuelvo a la pantalla.
No sé cuándo empezó exactamente.
Tal vez esa sea la pregunta equivocada.
Quizá la pregunta real sea por qué sigo volviendo.
Y por qué, cada vez que vuelvo, siento durante un segundo esa mezcla imposible de interés, alivio y vergüenza.
Como si estuviera acercándome a algo.
O como si algo llevara mucho tiempo acercándose a mí.
El cuello no lo estoy moviendo…