Sade y el Espejo: La Alucinación Clínica del Doble como Tejido

La primera vez que Sade sospechó del espejo no ocurrió nada extraño.

La habitación seguía siendo la misma.

La mesa seguía junto a la pared.

La vela consumía la cera con la misma lentitud.

El reflejo también parecía normal.

Eso fue lo que le hizo volver.

Durante varios días no encontró nada.

Miraba el cristal.

Se veía a sí mismo.

Se alejaba.

Regresaba.

Nada cambiaba.

La explicación era sencilla.

El espejo era un espejo.

La explicación duró más de lo que debería.

Después apareció una duda.

Pequeña.

Tan pequeña que le dio vergüenza escribirla.

No estaba seguro de recordar el momento exacto en que había levantado la vista para mirar el reflejo.

Recordaba haberlo visto.

Pero no recordaba haber decidido verlo.

Pensó que era cansancio.

La explicación funcionó durante unas horas.

Luego descubrió algo peor.

Ya estaba preparado para justificarlo antes de que ocurriera.

Eso fue lo primero que le inquietó.

Lo segundo fue más difícil de admitir.

Empezó a utilizar el espejo para comprobarse.

No para comprobar su aspecto.

Ni su presencia.

Ni siquiera su identidad.

Algo más simple.

Necesitaba asegurarse de que seguía siendo la persona que había decidido mirar.

El reflejo no respondía.

El reflejo seguía siendo correcto.

Precisamente por eso volvía.

Porque nada estaba mal.

Y aun así sentía la necesidad de regresar.

Durante una semana dejó de acercarse al cristal.

Funcionó.

La habitación volvió a ser una habitación.

La mesa volvió a ser una mesa.

La puerta volvió a ser una puerta.

Pensó que había terminado.

Al octavo día pasó frente al espejo por accidente.

No estaba mirándolo.

O eso cree recordar.

Lo extraño fue descubrir que ya estaba observando su reflejo antes de darse cuenta de que lo estaba haciendo.

Durante un segundo creyó entender lo que ocurría.

La idea apareció.

Desapareció antes de completarse.

Solo quedó una sensación.

La sensación de haber llegado tarde a un gesto que ya había comenzado.

Eso me cuesta escribirlo.

No porque parezca imposible.

Porque se parece demasiado a otras cosas.

A decisiones.

A deseos.

A pensamientos.

A todas esas pequeñas acciones cuyo inicio nunca conseguimos ver.

Tengo que mover el cuello.

La frase aparece.

Miro el reflejo.

Espero el movimiento.

No llega.

Y por primera vez no me preocupa el cuello.

Me preocupa no recordar cuándo empecé a esperar que el reflejo confirmara algo que nunca logró explicar.

Tengo que mover el cuello.

La frase aparece.

El movimiento no.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…