El Horizonte de Sucesos de la Carne: Cuando el Activo se Convierte en el Recinto

Hay algo particularmente vergonzoso en descubrir que el Amo aparece precisamente cuando no debería aparecer.

No durante los momentos solemnes.

No durante las fantasías.

No durante las lecturas.

Aparece cuando llevo cuarenta minutos acostado viendo videos que no me importan.

Videos sobre cosas que jamás compraré.

Personas desmontando aparatos antiguos.

Un hombre limpiando una alfombra.

Un tren atravesando una ciudad que probablemente nunca visitaré.

Nada tiene relación con él.

Nada.

Y sin embargo, en algún momento, la atención se rompe.

La imagen continúa moviéndose.

El sonido continúa.

Pero algo ya no está viendo el video.

Algo está pensando en el Amo.

No de forma dramática.

Eso sería más fácil.

Aparece de una manera mucho peor.

Más pequeña.

Más íntima.

Más difícil de expulsar.

Pienso en cómo habría levantado una ceja al ver la cantidad de tiempo que estoy desperdiciando.

Pienso en el silencio que habría hecho.

Pienso en la sensación de estar siendo observado sin estar siendo observado.

Y después vuelvo al video.

Durante unos segundos.

Quizá un minuto.

Luego vuelve otra vez.

No porque quiera.

Porque permanece.

A veces ocurre antes de dormir.

Estoy acomodando la almohada.

Buscando una posición cómoda.

Pensando en absolutamente nada.

Y entonces aparece aquella marca circular que dejó una vez.

No la marca física.

Hace tiempo que desapareció.

La recuerdo.

Recuerdo exactamente dónde estaba.

Recuerdo la forma.

Recuerdo el color extraño que tuvo durante los días siguientes.

Recuerdo haberla mirado en el espejo.

Recuerdo apartar la mirada.

Recuerdo volver a mirarla.

Y cuanto más intento entender por qué sigo recordándola, menos lo entiendo.

Y cuanto menos lo entiendo, más espacio ocupa.

Hay noches en las que me descubro repasando conversaciones enteras que nunca ocurrieron.

Frases hipotéticas.

Correcciones imaginarias.

Observaciones que quizá nunca habría hecho.

Como si una parte de mi mente hubiera decidido construir una réplica imperfecta de él y mantenerla funcionando durante las veinticuatro horas.

El problema es que esa réplica aprende.

Se vuelve más precisa.

Más invasiva.

Más silenciosa.

A veces estoy preparando comida.

Cortando algo sin importancia.

Una cebolla.

Un tomate.

Pan.

Y de repente me descubro pensando si el Amo habría considerado suficiente la precisión del corte.

Es ridículo.

Absolutamente ridículo.

Nadie normal piensa esas cosas.

Lo sé mientras ocurre.

Y sigue ocurriendo.

Esa es la parte verdaderamente incómoda.

No es ignorancia.

Es convivencia.

Recuerdo una tarde particularmente absurda.

Una mujer esperaba un autobús.

Llevaba un abrigo azul oscuro.

Tenía una pequeña mancha blanca en la manga izquierda.

Nada más.

No ocurrió nada.

Ni siquiera habló.

Pero la observé durante unos segundos porque parecía estar esperando algo importante.

Y de alguna manera terminé pensando en él.

No sé cómo ocurrió la transición.

No existe lógica.

No existe conexión.

Simplemente sucedió.

Como sucede todo ahora.

El Marqués de Sade escribió sobre cuerpos.

Sobre sistemas.

Sobre obsesiones.

Pero lo inquietante no es descubrir esas ideas en los libros.

Lo inquietante es descubrir que ciertas obsesiones continúan trabajando cuando los libros están cerrados.

Cuando la habitación está vacía.

Cuando no ocurre nada.

Especialmente cuando no ocurre nada.

Porque ahí es donde permanece.

Y cuanto más tiempo pasa, más difícil resulta llamarlo recuerdo.

Los recuerdos permanecen quietos.

Esto no.

Esto sigue creciendo.

No lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…