No fue en el momento en que empecé a leer a Marqués de Sade cuando cambió algo.
Eso es lo que recuerdo ahora.
No fue ahí.
Fue después.
En un intervalo que no podría reconstruir aunque intentara volver página por página.
Durante mucho tiempo pensé que estaba siguiendo a Sade.
Después entendí que era al revés.
No era una figura la que avanzaba dentro de la lectura.
Era la forma en que yo la sostenía lo que empezaba a desplazarse.
Al principio todo era estable.
Libros abiertos.
Notas al margen.
Referencias cruzadas.
Los 120 días de Sodoma.
Justine o los infortunios de la virtud.
Todo tenía un borde académico.
Una distancia segura.
Pero hubo un punto que no sé ubicar.
Un gesto mínimo.
Cerré el libro.
Lo dejé sobre la mesa.
Y seguí haciendo otra cosa.
Nada importante.
Nada que debería haber dejado huella.
Sin embargo, al volver, el libro seguía ahí.
Abierto.
No solo abierto.
En la misma página.
La que había decidido no terminar.
La que había evitado sin darme cuenta.
No hubo sorpresa inmediata.
Solo una especie de retraso en la comprensión.
Como si la mente necesitara más tiempo del habitual para aceptar que algo no encajaba.
Desde entonces empecé a notar otra cosa.
Pequeña.
Persistente.
No en el contenido.
En el modo en que el contenido permanecía.
Sade no era una idea.
Era una inercia.
Algo que seguía funcionando incluso cuando ya no lo estaba mirando directamente.
Y lo más extraño no era eso.
Era que empezaba a ocurrir fuera de la lectura.
Una tarde, sin motivo claro, me encontré observando una superficie lisa.
Una mesa.
Nada relevante.
Pero la mirada no terminaba de retirarse.
Como si estuviera esperando que algo apareciera ahí.
Algo mínimo.
Una confirmación.
No sé cuándo empezó exactamente a ocurrir esto.
Solo sé que dejó de ser lectura.
Y se convirtió en espera.
Y luego en comprobación.
Como si mirar un poco más tiempo pudiera producir una respuesta que no había llegado antes por falta de insistencia.
Y ahí apareció la grieta.
No en Sade.
En la necesidad de seguir buscándolo.
No por curiosidad.
Sino por la sospecha cada vez más difícil de ignorar de que la comprensión estaba siempre a un paso más.
Y que ese paso, inevitablemente, era el siguiente.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…