Conductividad de la Norma: Voltaje y Materia en la Ingeniería Somática de Sade

Nunca he sabido explicar por qué esta idea vuelve.

Si intento describirla desde fuera, suena absurda.

Si intento describirla desde dentro, tampoco mejora demasiado.

Solo sé que aparece.

A veces después de semanas sin pensar en ella.

A veces cuando estoy ocupado con cualquier otra cosa.

Y siempre lo hace de la misma manera.

Como una pequeña descarga de reconocimiento.

Como si una parte de mí levantara la cabeza y dijera:

«Aquí estás otra vez.»

Lo extraño es que no me interesa la obediencia tanto como debería.

No es eso lo que me hace volver.

No sueño con convertirme en otra persona.

No sueño con desaparecer.

No sueño con entregar mi voluntad a nadie.

Y sin embargo sigo pensando en procesos donde algo parecido parece ocurrir.

Eso es lo que no consigo resolver.

Porque cuanto más lo analizo, menos sentido tiene.

Y cuanto menos sentido tiene, más espacio ocupa.

A veces pienso en el Marqués de Sade.

No en el personaje histórico.

No en el escándalo.

Sino en la insistencia.

En esa necesidad obsesiva de llevar una idea hasta el final aunque el resultado fuera incómodo.

Aunque revelara algo que nadie quería ver.

Hay momentos en los que sospecho que mi interés no tiene nada que ver con la sumisión.

Tiene que ver con el límite.

Con descubrir qué ocurre cuando una experiencia continúa más allá del punto donde normalmente terminaría.

Qué ocurre cuando la tensión no desaparece.

Cuando la expectativa no encuentra resolución inmediata.

Cuando la mente deja de buscar una salida y empieza a observar lo que está ocurriendo.

Es ahí donde algo cambia.

No en el cuerpo.

En la atención.

Empiezo a notar detalles absurdos.

El ritmo de una respiración.

Una sensación mínima en una mano.

La manera en que una idea vuelve exactamente al mismo lugar una y otra vez.

Y entonces aparece algo que me incomoda admitir.

El placer.

No un placer simple.

No un placer lógico.

Precisamente ahí está el problema.

Porque no parece obedecer a mis opiniones.

No parece pedir permiso.

Aparece igual.

Más fuerte cuanto más intento desmontarlo.

Más persistente cuanto más intento analizarlo.

Como si existiera una parte de mí que ya hubiera tomado una decisión antes de que yo pudiera participar en ella.

Y quizá por eso sigo regresando.

No porque tenga respuestas.

Sino porque todavía no las tengo.

Porque sospecho que hay algo escondido al final de ese proceso.

Algo que aún no comprendo.

Y porque cada vez que creo haber dejado atrás la pregunta, la corriente vuelve.

Siempre vuelve.

El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…