El Escalpelo de la Voluntad: El Dolor como Sintaxis del Orden Mineral

Lo que más me molesta es que sigo intentando explicarlo de formas que me hagan quedar mejor.

Intento decirme que era el mecanismo.

Que era la intensidad.

Que era el cansancio.

Que era el contexto.

Cualquier cosa menos la verdad.

Porque la verdad es bastante más incómoda.

La verdad es que sigo pensando en él cuando no debería.

Y no me refiero a las partes importantes.

No recuerdo cada detalle del proceso.

No recuerdo cada instrucción.

No recuerdo cada sensación.

Pero recuerdo cosas absurdas.

Recuerdo la manera en que apoyaba el peso sobre una pierna y luego sobre la otra mientras esperaba.

Recuerdo el sonido de sus dedos golpeando dos veces contra una superficie antes de decidir algo.

Recuerdo el ruido de una bisagra en otra habitación.

Recuerdo que durante una sesión alguien cerró la puerta de un coche en la calle y durante unos segundos pensé que aquello iba a interrumpirlo todo.

No ocurrió nada.

Él ni siquiera reaccionó.

Y por alguna razón sigo recordándolo.

Eso es lo que me preocupa.

No la intensidad.

La persistencia.

Porque las cosas importantes deberían ocupar el centro de la memoria.

Pero no es así.

Lo que permanece son los fragmentos.

Los restos.

Los pequeños detalles inútiles.

Como aquel trozo de plástico transparente en el suelo.

Como la esquina rota.

Como la línea de polvo que lo atravesaba.

Como las veces que intenté obligarme a mirar cualquier otra cosa.

Y acabé mirando exactamente el mismo punto otra vez.

Porque mirar el suelo era más fácil que pensar.

Y pensar era más fácil que admitir lo que estaba esperando.

No estaba esperando que terminara el dolor.

No estaba esperando moverme.

No estaba esperando marcharme.

Estaba esperando que él terminara.

Y cuanto más intento analizar eso, menos me gusta la respuesta.

Porque no me gusta ser sumiso.

Nunca me ha gustado esa palabra.

Ni la idea.

Ni la imagen.

Ni lo que dice de mí.

Sin embargo hay una parte de mi cabeza que sigue regresando al mismo lugar.

A la espera.

A esos minutos extraños donde ya no pasa nada visible.

Donde él simplemente continúa.

Pensando.

Observando.

Ajustando algo que probablemente solo existe en su propia mente.

Y yo sigo allí.

Mirando una mota de polvo.

Escuchando una tubería vibrar detrás de una pared.

Contando segundos que parecen más largos de lo normal.

Esperando.

No porque me obliguen.

No porque no pueda hacer otra cosa.

Sino porque una parte de mí necesita saber cómo termina el proceso.

Y eso es lo que no consigo explicar.

Porque la obsesión no aparece durante la sesión.

Aparece después.

Días después.

Cuando estoy haciendo otra cosa.

Cuando debería estar pensando en otra cosa.

Cuando la vida normal intenta recuperar espacio.

Entonces vuelvo a recordar el suelo.

El plástico.

La esquina rota.

El sonido lejano de alguien caminando por el pasillo.

Y la certeza insoportable de que, si él volviera a pedirme que permaneciera allí esperando hasta el final de algo que no comprendo del todo…

Una parte de mí querría saber cómo termina.

Y quizá esa sea la parte que más me avergüenza.


Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…