No recuerdo qué estaba buscando exactamente.
Eso es lo primero que me incomoda.
Porque si alguien me preguntara cómo empezó todo, tendría una respuesta razonable preparada.
Curiosidad.
Interés.
Una búsqueda cualquiera.
Algo que apareció mientras leía otra cosa.
Pero la verdad es que no estoy seguro.
La verdad es que llevo varios días intentando localizar el momento exacto y cada vez parece más lejano.
Como si hubiera empezado antes.
Mucho antes.
Esta noche me sorprendí haciendo algo extraño.
Abrí una pestaña.
Luego otra.
Luego otra más.
No porque estuviera buscando información.
La información ya la había leído.
Era otra cosa.
Quería volver a verla.
No sé por qué.
Lo extraño es que ni siquiera estaba excitado.
Al menos no de la forma habitual.
Era más parecido a una presión.
Una especie de tirón silencioso.
Como cuando recuerdas que has olvidado algo importante.
La pantalla iluminaba la habitación.
Nada especial.
La cama sin hacer.
Una botella de agua medio vacía.
El cargador enredado junto a la pared.
Todo normal.
Y aun así tenía la sensación de que algo estaba fuera de sitio.
Tardé varios minutos en descubrir qué era.
La silla.
La silla estaba exactamente donde siempre.
Pero yo recordaba haberla dejado en otro lugar.
Me quedé mirándola demasiado tiempo.
Existe una regla que todavía no entiendo:
todo lo que miro demasiado termina pareciendo que me estaba esperando.
Cerré la página.
La abrí otra vez.
No porque hubiera olvidado algo.
Porque quería comprobar que seguía allí.
Y seguía.
Las mismas palabras.
Las mismas imágenes.
La misma sensación incómoda.
Como si alguien hubiera escrito una descripción de una parte de mí que yo todavía no conocía.
Eso debería haberme alejado.
No lo hizo.
Lo vergonzoso es precisamente eso.
Que cuanto más absurdo me parecía, más difícil era cerrar la ventana.
Durante unos segundos imaginé explicándoselo a alguien.
La idea me produjo calor en la cara.
No por lo que estaba leyendo.
Sino por el interés.
Por la atención.
Por la cantidad de espacio mental que aquello estaba empezando a ocupar.
Hay una diferencia que antes no veía.
Pensaba que la curiosidad era una forma de acercarse a algo.
Ahora sospecho que también puede ser una forma de quedarse.
Y creo que eso es lo que me preocupa.
No el contenido.
No las fantasías.
No las teorías.
La permanencia.
Empiezo a notar pequeñas cosas.
Frases que reaparecen horas después.
Imágenes que regresan cuando estoy haciendo otra tarea.
Preguntas que parecen esperarme.
¿Qué ocurriría si siguiera leyendo?
¿Qué ocurriría si entendiera por qué esto me interesa?
¿Qué ocurriría si no fuera un accidente?
La pregunta cambia un poco cada día.
La sensación no.
Hace unos minutos intenté convencerme de que todo esto era una fase pasajera.
Lo pensé en serio.
Entonces ocurrió algo ridículo.
Vi una marca en el borde del escritorio.
Una pequeña línea blanca.
Juraría que ayer no estaba ahí.
Me incliné para verla mejor.
Y recordé haberla visto antes.
No ayer.
Mucho antes.
No apareció la marca.
Apareció el recuerdo.
Y por alguna razón eso fue peor.
Porque empiezo a sospechar que no estoy descubriendo algo.
Empiezo a sospechar que estoy reconociendo algo.
La diferencia es mínima.
Pero no deja de crecer.
Ahora mismo podría cerrar el ordenador.
Podría dormir.
Podría olvidarme de todo esto.
La puerta sigue abierta.
Eso es precisamente lo que me preocupa.
Antes pensaba que la curiosidad me estaba llevando a alguna parte.
Ahora no estoy tan seguro.
Empiezo a creer que algo ya estaba aquí cuando llegué.
Y que llevo días llamándolo curiosidad porque todavía no encuentro una palabra mejor.
Apago la pantalla.
La habitación queda oscura.
Espero que la sensación desaparezca.
No desaparece.
Miro hacia la silla.
Sigue exactamente donde estaba.
Creo.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…