El roce de la sábana de satén sobre la piel anestesiada por el estímulo constante no produce ni un solo escalofrío. En una habitación saturada por el brillo de tres pantallas simultáneas, alguien busca el siguiente nivel de transgresión con la desgana de quien revisa una factura de la luz. No hay sudor. No hay pulso acelerado. Solo queda el zumbido de un aire acondicionado que intenta ocultar el vacío de una libertad que ya no sabe qué hacer consigo misma. El tabú, esa frontera necesaria para que el deseo no se disuelva, ha sido bombardeado hasta quedar convertido en un paisaje plano. La libertad visual quema. Literalmente cansa y nadie lo admite.
Sade habría contemplado este escenario con una tristeza infinita. Él, que necesitó castillos y leyes para que su rebelión tuviera un sentido, se vería hoy perdido en un mundo donde el escándalo es solo una estrategia de marketing barata para vender suscripciones. Cuando todo está permitido, el placer se vuelve un trámite. Hemos democratizado la perversión hasta tal punto que la hemos vuelto inofensiva. La transgresión ya no es un acto de soberanía; es una obligación del catálogo.
Ni siquiera sabe qué es lo que busca. Pero sigue haciendo scroll.
La burocracia del orgasmo: El algoritmo de la saciedad
Resulta casi tierno observar cómo nos esforzamos por encontrar una nueva frontera que cruzar. El router parpadea con una luz azul gélida, recordándonos que el infinito está a un clic, y sin embargo, nunca nos hemos sentido tan limitados. Notamos que algo se contrae en la médula colectiva cuando comprendemos que el exceso no es la solución al deseo, sino su eutanasia.
El sistema no vende liberación. Vende la repetición del espasmo.
Nada más.
Y lo consigue. Una vez que el sujeto ha visto todo, su capacidad de asombro queda reducida a escombros. La mecánica de esta nueva apatía es de una precisión gélida: nos permite consumirlo todo sin sentir absolutamente nada. Tal vez no sea un error de la modernidad. O tal vez siempre fuimos seres que necesitaban el «no» para poder disfrutar del «sí». No es grave. Pero tampoco es inocente.
Y el problema es este: el límite era el único refugio
Hay una marca de zapato en el parqué, un rastro de una fiesta que terminó hace horas, que nadie se molesta en limpiar. Sade comprendía que el verdadero poder reside en el secreto, pero nosotros hemos decidido vivir en una vitrina iluminada por focos de estadio. Ya no quedan rincones oscuros en la imaginación. Cuando el tabú muere, el deseo se convierte en una función biológica tan emocionante como digerir un sándwich de máquina.
¿Quién tiene el valor de cerrar los ojos hoy? La madurez en esta era de la transparencia total consiste en aceptar que estamos hambrientos de prohibiciones. Nos han convencido de que la falta de límites es la meta, pero la piel se vuelve insensible cuando el contacto es obligatorio. Al final, el aburrimiento del exceso no es una falta de opciones, es la realización de que, sin muros, no hay nada que conquistar. O tal vez siempre fue así y solo ahora somos lo suficientemente cínicos para reconocerlo.
Inventario de un deseo plano
Exploramos un mapa donde el pecado ha sido sustituido por la preferencia de usuario. El fetiche de la visibilidad total nos ha entregado un catálogo de experiencias tan vasto que el tremor se ha vuelto imposible. Somos sujetos que buscan en la acumulación una confirmación de su propia potencia, olvidando que la verdadera intensidad siempre fue una cuestión de escasez.
Tal vez no sea falta de deseo.
Tal vez sea que el deseo se ha vuelto demasiado inteligente para caer en la trampa de lo evidente.
Y mañana volveremos a esa pantalla. Buscaremos algo que nos devuelva la capacidad de parpadear con fuerza, mientras el zumbido eléctrico sigue llenando el cuarto. Como si no supiéramos que, al final del día, el único tabú que nos queda es el silencio. El aburrimiento es la lencería más pesada que hemos decidido vestir. Y pesa demasiado.