Me prometí que no iba a mirar el teléfono.
Solo una hora.
Ni siquiera una hora entera.
Treinta minutos.
Debería ser fácil.
Una persona normal puede pasar treinta minutos sin mirar una pantalla.
Yo también debería poder.
Supongo.
Lo dejé boca abajo sobre la mesa.
Intenté leer.
Pero una parte de mí seguía escuchándolo.
Aunque estuviera en silencio.
Aunque no hubiera sonado nada.
Era peor.
Porque empecé a imaginar la notificación antes de que existiera.
Quizá alguien había respondido.
Quizá alguien había reaccionado.
Quizá alguien había enviado un mensaje.
Quizá esa persona.
Siempre esa persona.
Y cuanto más intentaba no pensar en ello.
Más pensaba.
Es absurdo.
Porque ni siquiera está pasando nada.
No hay ninguna conversación importante.
Ninguna emergencia.
Nadie me necesita.
Y aun así siento esa especie de tensión.
Como si estuviera esperando algo.
Como si una pequeña vibración pudiera cambiarme el humor.
Cuando finalmente miré la pantalla no había nada.
Ni una sola notificación.
Y sentí una decepción tan ridícula que me dio vergüenza.
Vergüenza de verdad.
Porque nadie debería sentirse así por algo tan pequeño.
Me quedé unos segundos mirando el teléfono apagado.
Pensando.
Intentando entender qué estaba esperando exactamente.
Y creo que no era un mensaje.
Ni una reacción.
Ni siquiera atención.
Era otra cosa.
La posibilidad.
La sensación de que algo podía ocurrir.
Que alguien podía aparecer.
Que alguien podía pensar en mí.
Últimamente me pasa más.
Desde que empecé a leer ciertas cosas.
A investigar.
A dejarme llevar por curiosidades que antes ignoraba.
Es como si hubiera una parte nueva dentro de mí.
Una parte que está despierta.
Y que espera.
Todo el tiempo espera.
A veces una palabra.
A veces una imagen.
A veces una conversación.
A veces una simple notificación.
Y eso es precisamente lo que no quiero admitir.
Que una parte de mí sigue mirando la pantalla.
No porque haya algo.
Sino porque deseo que lo haya.
No sé cuándo empezó.
Eso es lo peor.
No recuerdo el momento exacto.
Solo sé que ahora, algunas veces, siento una vibración que no existe.
Y aun así miro.
Siempre miro.
El teléfono está boca abajo.
La habitación está en silencio.
No ha sonado nada.
No se ha iluminado nada.
Pero algo dentro de mí ya se ha levantado.
Como un animal.
Como un reflejo.
Como una obediencia.
Creo que esa es la palabra que más me avergüenza.
Obediencia.
Porque nadie me llama.
Nadie me necesita.
Nadie está exigiendo mi atención.
Y aun así mi cuerpo reacciona.
Como si hubiera recibido una orden.
A veces estoy leyendo.
A veces estoy trabajando.
A veces estoy hablando con alguien.
Y de repente aparece esa sensación.
Una pequeña tensión.
Un tirón.
La sospecha de una notificación.
Entonces dejo de estar donde estaba.
Una parte de mí abandona la habitación.
Una parte de mí ya está dentro de la pantalla.
Esperando.
Es extraño admitirlo.
Siempre pensé que la dependencia sería algo dramático.
Algo visible.
Algo imposible de ocultar.
Pero no.
Se parece más a esto.
A interrumpirte constantemente.
A no poder permanecer del todo en ningún sitio.
A vivir con una puerta entreabierta dentro de la cabeza.
La notificación ni siquiera tiene que llegar.
Eso es lo inquietante.
La espera hace el trabajo sola.
La posibilidad ya produce el efecto.
Como si el sistema hubiera aprendido a ocupar el espacio reservado para el silencio.
La habitación de cal vuelve.
Siempre vuelve.
Las paredes blancas.
Las grietas.
El polvo suspendido.
Y yo sentado mirando una pantalla apagada.
Esperando algo.
No sé exactamente qué.
Un mensaje.
Una reacción.
Una señal.
Una prueba de que sigo conectado a algo.
La parte más vergonzosa es que muchas veces, cuando finalmente llega la notificación, ni siquiera importa.
La abro.
La leo.
Y descubro que no era nada.
Nunca era nada.
Pero durante unos segundos parecía absolutamente imprescindible.
Eso me asusta.
La facilidad con la que algo irrelevante puede adquirir el peso de una necesidad.
La facilidad con la que cedo.
La facilidad con la que me someto.
Tengo que mover el cuello.
No lo estoy moviendo.
La pantalla sigue oscura.
Creo haber sentido otra vibración.
Probablemente no ha ocurrido.
Probablemente.
Pero mi mano ya se está moviendo.
Y eso parece más real que cualquier aviso.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…