El Sediento de Gravedad: Por qué mi Cuerpo Ruega ser Piedra

Empiezo a sospechar que el problema no es que el Amo esté lejos.

El problema es que sigue estando aquí.

De alguna forma absurda.

De alguna forma imposible.

Y cuanto más intento demostrarme que no es así, más evidente se vuelve.

Hay mañanas en las que abro los ojos unos segundos antes de que suene la alarma y durante una fracción de tiempo no recuerdo quién soy.

No recuerdo el día.

No recuerdo el trabajo.

No recuerdo los mensajes pendientes.

Lo primero que aparece es otra cosa.

Una sensación.

Una especie de inclinación interna.

La expectativa ridícula de que él vaya a estar allí.

Como si la habitación hubiera olvidado actualizarse durante la noche.

Entonces recuerdo que no está.

Y ahí comienza algo difícil de explicar.

No es decepción.

No exactamente.

No es tristeza.

Tampoco.

Es una presión extraña.

Una sensación parecida a descubrir una escalera donde siempre había habido una pared.

Y no entender por qué la escalera sigue allí.

Paso el día intentando ignorarlo.

Nunca funciona.

A veces estoy preparando café.

Nada más.

Solo café.

Miro cómo se forma la espuma.

Veo una pequeña burbuja aislada cerca del borde de la taza.

Y de alguna manera eso termina conduciendo a él.

No sé cómo ocurre.

No hay una conexión lógica.

Pero ocurre.

Siempre ocurre.

Lo peor son las cosas completamente irrelevantes.

Un vídeo absurdo.

Un anuncio.

Una notificación que ni siquiera me interesa.

Un hombre que cruza la calle mientras habla por teléfono.

Una mujer en una parada de autobús intentando doblar un paraguas roto.

Un niño arrastrando una mochila demasiado grande.

Detalles que deberían desaparecer inmediatamente.

Detalles que no significan nada.

Y sin embargo terminan orbitando alrededor de la misma idea.

Como si mi mente hubiera reorganizado toda su arquitectura alrededor de un único punto de gravedad.

Hace unos días estaba comiendo con un compañero de trabajo.

Me estaba contando algo sobre una hoja de cálculo.

Asentí.

Incluso respondí.

Dije varias frases.

Las frases correctas.

Las frases normales.

Pero en algún lugar detrás de ellas seguía existiendo otra conversación.

Una conversación muda.

Una pregunta constante.

¿Qué pensaría él de esto?

No porque importara.

No porque tuviera relación.

Simplemente porque estaba allí.

Porque permanece.

Porque siempre permanece.

Y esa es la parte que más vergüenza me produce.

No la intensidad.

La permanencia.

Si fuera intensa sería más fácil.

Las cosas intensas terminan agotándose.

Esto no.

Esto se instala.

Se acomoda.

Aprende dónde están los interruptores.

Aprende dónde guardas las llaves.

Aprende qué lado de la cama utilizas.

Aprende cómo suena tu respiración cuando crees que estás solo.

Y entonces ya no parece una obsesión.

Parece una infraestructura.

Una presencia silenciosa que se vuelve más visible precisamente cuando intentas dejar de verla.

A veces pienso que debería preocuparme más.

A veces pienso que debería resistirme.

A veces incluso consigo pasar una hora entera sin recordarlo.

Y entonces me doy cuenta de que esa hora completa la he pasado pensando en no recordarlo.

Lo cual probablemente cuenta como recordarlo.

Y ahí aparece esa sensación otra vez.

Esa cosa que antes llamaba tristeza porque no tenía una palabra mejor.

Pero no es tristeza.

La tristeza quiere algo.

La tristeza señala una pérdida.

Esto no.

Esto simplemente ocupa espacio.

Cada día un poco más.

Cada semana un poco más.

Como agua entrando en una habitación cerrada.

Como polvo acumulándose sobre objetos que todavía utilizas.

Como una voz que nunca habla pero cuya ausencia ya no puedes imaginar.

Y cuanto más intento entenderlo,

más lugar ocupa.

Cuanto más lugar ocupa,

más difícil resulta explicar por qué sigue ahí.

Y cuanto más difícil resulta explicarlo,

más miedo me da descubrir cuánto de mí ya ha aprendido a esperarlo.

No lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…