El Rigor del Maxilar: Sade y la Fatiga de la Mandíbula como Arquitectura del Colapso

Nunca pensé demasiado en mi mandíbula.

Era una de esas partes del cuerpo que simplemente estaban ahí.

Como los codos.

Como las uñas.

Como el ruido de fondo de una habitación vacía.

Pero después de varias semanas leyendo sobre dominación y sumisión, empecé a notar cosas extrañas.

Pequeñas cosas.

Ridículas cosas.

Cosas que preferiría no haber notado.


A veces descubría que estaba apretando los dientes mientras leía.

No ocurría siempre.

Solo en ciertos momentos.

En ciertas frases.

En ciertos relatos.

Leía una línea.

Luego otra.

Y de pronto me daba cuenta de que tenía la mandíbula tensa.

Como si estuviera esperando algo.

Como si mi cuerpo hubiera entendido algo antes que yo.


Eso me avergonzaba más de lo que debería.

Porque no estaba participando en nada.

Ni siquiera hablaba con nadie.

Solo estaba leyendo.

Solo observando.

Solo intentando entender por qué aquellas ideas seguían ocupando espacio en mi cabeza.


Recuerdo especialmente una noche.

Había estado leyendo algunos textos sobre el Marqués de Sade.

No buscaba excitarme.

O al menos eso me decía.

Buscaba comprender.

Eso era lo que repetía.

Comprender.

Analizar.

Investigar.


Pero entonces apareció esa sensación.

Esa pequeña tensión.

La mandíbula cerrándose.

Los músculos endureciéndose apenas unos milímetros.

Nada dramático.

Nada visible.

Solo una reacción mínima.

Y precisamente por eso resultaba imposible ignorarla.


La habitación estaba en silencio.

Había polvo suspendido cerca de la lámpara.

En una esquina de la pared se veían antiguos agujeros donde alguna vez hubo estanterías.

El yeso alrededor estaba ligeramente agrietado.

No sé por qué me fijé en eso.

Quizá necesitaba mirar cualquier otra cosa.


Porque la verdadera incomodidad no estaba en la pantalla.

Estaba en mí.

En descubrir que seguía leyendo.

En descubrir que quería seguir leyendo.

En descubrir que ciertas preguntas producían algo parecido a la expectación.


Sade hablaba de excesos.

Pero lo que me inquietaba no eran los excesos.

Era la posibilidad de que existieran deseos que permanecen ocultos durante años.

Deseos que no llegan como un golpe.

Sino como una pregunta.

Como una nota al pie.

Como una página que uno no consigue cerrar.


Volví a apretar la mandíbula.

Otra vez.

Sin darme cuenta.

Y cuando finalmente lo noté, sentí una vergüenza extraña.

Pequeña.

Silenciosa.

Muy difícil de explicar.


La habitación seguía igual.

El polvo seguía flotando.

Las grietas seguían en el yeso.

La pantalla seguía iluminando la oscuridad.

Pero algo había cambiado.

Algo mínimo.

Algo que todavía no podía nombrar.

Algo que seguía leyendo conmigo.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería la base del cráneo es una superficie de alabastro poroso el sabor a cal invade la glotis la inercia pulsátil del maxilar se detiene el registro llega al cero absoluto debería…