La primera vez que ocurrió pensé que era cansancio.
Estaba sentado frente al ordenador cuando noté una presión leve en la garganta.
Nada doloroso.
Solo la sensación de que tenía que tragar saliva.
Lo hice.
La presión desapareció.
O eso creí.
Unos minutos después volvió.
Exactamente en el mismo sitio.
No una molestia general.
Un punto concreto.
Como si alguien hubiera apoyado la yema de un dedo justo debajo de la mandíbula y la hubiera dejado allí.
Volví a tragar.
Volví a sentir alivio.
Y volví a prestar atención.
Ahí empezó el problema.
Abrí la cámara del móvil.
Quería comprobar si había alguna marca.
No encontré nada.
La piel estaba normal.
Apagué la pantalla.
Intenté seguir trabajando.
Tres minutos después la cámara seguía abierta.
No recordaba haberla dejado así.
La imagen mostraba mi cuello.
La misma posición.
La misma luz.
Pero había algo diferente.
La marca estaba ahí.
Pequeña.
Pálida.
Casi invisible.
Me acerqué al espejo del baño.
Nada.
La piel seguía limpia.
Volví al móvil.
La marca seguía apareciendo.
Lo comprobé cinco veces.
Después ocho.
Después dejé de contar.
La anomalía ya no era la marca.
La anomalía era que empezaba a conocerla.
Sabía dónde aparecería.
Sabía desde qué ángulo se volvía visible.
Sabía cuánto tardaría en regresar.
Esa noche hice una captura de pantalla.
No por miedo.
Por necesidad.
Necesitaba una prueba.
Algo estable.
Algo que permaneciera igual.
A la mañana siguiente la captura seguía allí.
La fecha también.
La hora también.
Pero la marca había cambiado de posición.
Apenas unos milímetros.
Lo suficiente.
Me convencí de que estaba recordando mal.
Era la explicación más razonable.
Hasta que encontré otra captura.
No recordaba haberla hecho.
La imagen mostraba exactamente la misma marca.
Exactamente el mismo cuello.
Pero la hora era de una semana antes.
Seguí mirando.
No porque quisiera.
Porque necesitaba averiguar cuál de las dos imágenes era imposible.
Entonces apareció algo peor.
No en la fotografía.
En mí.
Empecé a anticipar la presión.
Sentía el impulso de tragar unos segundos antes de que apareciera.
Como si mi cuerpo ya supiera que iba a ocurrir.
Como si estuviera reconociendo algo.
No descubriéndolo.
Reconociéndolo.
Desde entonces sigo comprobando.
La cámara.
El espejo.
Las capturas.
La posición exacta de la marca.
El problema ya no es la garganta.
Ni la fotografía.
Ni siquiera la presión.
El problema es que algunas noches abro la cámara para verificar que la marca sigue ahí.
Y encuentro la aplicación ya abierta.
Apuntando al cuello.
Esperándome.
La mano sube.
Se detiene antes de tocar la piel.
No la estoy moviendo.
Pero ya conozco la sensación que aparecerá cuando lo haga.
Y eso es precisamente lo que no consigo recordar cuándo aprendí.
El cuello debería…