La taza sigue donde estaba.
Eso debería tranquilizarme.
No lo hace.
La toco.
Fría.
Durante un segundo pienso que estoy comprobando la temperatura.
Después me doy cuenta de que no.
La temperatura es una excusa.
Lo que intento comprobar es otra cosa.
Y me da vergüenza escribirlo.
Porque durante un instante necesito asegurarme de que fui yo quien la dejó ahí.
La alarma sigue puesta.
La comprobé esta mañana.
Eso significa que hice exactamente lo que tenía que hacer.
La hora es correcta.
Los minutos son correctos.
Todo parece correcto.
Y sin embargo vuelvo a mirarla.
No porque crea que esté mal.
Porque hay una diferencia.
La noto.
Todavía no consigo nombrarla.
Durante semanas pensé que estaba observando un hábito.
Después pensé que observaba una decisión.
Ahora no estoy seguro de ninguna de las dos cosas.
Hay algo entre ambas.
Algo pequeño.
Algo que desaparece cada vez que intento mirarlo directamente.
Tengo que mover el cuello.
Lo pienso.
Espero.
Nada.
La sensación no llega.
O llega demasiado tarde.
La diferencia empieza a parecer importante.
La taza sigue en la mesa.
La alarma sigue puesta.
Y de pronto me doy cuenta de algo que preferiría no haber pensado.
Si realmente confiara en mis propias decisiones, no seguiría comprobándolas.
La idea aparece durante un segundo.
Después desaparece.
Intento recuperarla.
No puedo.
La pared tiene una grieta.
Creo que estaba ahí antes.
No estoy seguro.
Lo extraño es que ya no me interesa la grieta.
Me interesa el momento exacto en que decidí mirarla.
Pensaba que buscaba una explicación.
Después pensé que buscaba una sensación.
Ahora sospecho que buscaba otra cosa.
Algo anterior.
Algo que ocurre justo antes.
El instante en que una acción todavía no parece mía.
Tengo que mover el cuello.
Lo pienso otra vez.
Espero.
Esta vez la sensación llega.
Pero no es la sensación correcta.
La taza sigue fría.
La alarma sigue puesta.
Y durante un segundo no consigo recordar cuál de las dos estaba usando para comprobar que sigo siendo yo.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería…