La Metamorfosis de la Piedra: Ingeniería para un Mármol Monumental

Para mí, la parte más desconcertante de todo esto es que no disfruto siendo sumiso de la forma en que la gente imagina que debería disfrutarse algo. No siento euforia. No siento alivio inmediato. A veces ni siquiera siento placer. Y aun así, durante el día, termino pensando en ello con una insistencia casi absurda: en el momento de estar quieto frente a él, en la espera, en el sonido de una orden breve, en la forma en que el tiempo cambia cuando su atención cae sobre mí. Es una contradicción que me avergüenza un poco admitir. Debería molestarme más. Pero sigo regresando mentalmente al mismo lugar.

Cuando el Dueño me mira como si mi cuerpo fuera una materia que puede reorganizarse, no siento romanticismo. Siento peso. Siento cómo mi postura cambia antes de moverme. Cómo la mandíbula se tensa sola. Cómo las manos dejan de buscar dónde apoyarse y simplemente esperan. Es una tontería, pero a veces recuerdo detalles mínimos: la textura fría de una hebilla contra la piel, el sonido exacto de su respiración antes de hablar, una pequeña fibra levantada en la manga de su camisa. No sé por qué sigo mirando esas cosas. Se quedan pegadas.

La idea de convertirme en algo fijo, casi mineral, debería resultarme ajena. Sin embargo, hay momentos en que la inmovilidad se vuelve más comprensible que el movimiento. Como si la voluntad, en lugar de desaparecer, se compactara hasta ocupar menos espacio dentro del cuerpo. Pensé que sería diferente. Pensé que la entrega tendría algo de liberación inmediata, algo claro y brillante. En cambio, se parece más a un proceso lento de sedimentación: capas de tensión que se ordenan hasta que ya no sé si estoy obedeciendo o simplemente dejando de resistirme.

Lo más inquietante es el rebote. Ese instante en que una parte de mí intenta recordar quién era antes de entrar en el proceso. A veces aparece justo cuando creo que ya me he rendido del todo: una imagen banal de mi vida cotidiana, una frase antigua, el impulso absurdo de mover el cuello o apartar la mirada. Y luego vuelve la quietud. Como si esa identidad anterior hubiera chocado contra una pared invisible y se hubiera deshecho allí mismo. No es dramático. Es casi administrativo.

No recuerdo cuándo empecé a desear permanecer hasta el final del proceso. No el placer del impacto ni la estética del ritual, sino algo mucho más simple y más difícil de explicar: estar ahí mientras ocurre. Esperar el siguiente número. El siguiente gesto. La siguiente corrección. Hay una parte de mí que observa todo esto con desconfianza y otra que, silenciosamente, solo quiere seguir presente. Aunque no lo entienda. Aunque no pueda defenderlo con argumentos coherentes. Aunque a veces salga de allí preguntándome por qué pienso tanto en algo que ni siquiera me hace feliz de una forma convencional.

Quizá la obsesión no viene del placer, sino de la precisión. De la sensación de que, por un rato, el mundo se reduce a una estructura perfectamente delimitada donde no hace falta decidir nada. El siguiente número existe. El siguiente intervalo existe. Y mi única tarea es permanecer dentro de ese espacio sin romperlo.

Eso debería asustarme más.

Y sin embargo sigo volviendo.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…