Hace meses, quizás años, habría pensado que todo giraba alrededor de las herramientas. La madera. El cuero. El sonido. La diferencia entre una y otra.
Ahora ya no.
Lo que ocupa mi mente es el instante anterior.
La decisión.
La transición.
La forma en que una herramienta abandona su mano para que otra ocupe su lugar.
No entiendo por qué ese detalle se ha vuelto tan importante.
Pero ocurre.
Aparece cuando estoy trabajando.
Cuando camino por la calle.
Cuando intento pensar en cualquier otra cosa.
Y siempre termina igual.
No imaginando el impacto.
Sino imaginando al Amo observando.
Evaluando.
Corrigiendo.
Ajustando.
Como si cada elemento formara parte de un mecanismo mucho más grande que yo.
Quizás eso es lo que no consigo apartar de mi cabeza.
La sensación de que existe un diseño.
Un diseño que continúa incluso cuando yo no estoy presente para verlo.
Antes jamás me habría imaginado esperando algo así.
Ni siquiera puedo explicar en qué momento comenzó a importarme.
Porque no siento una fascinación concreta por la herramienta.
Ni siquiera por el resultado.
Lo que vuelve una y otra vez es la imagen de alguien construyendo un proceso con una paciencia absoluta.
Y de mí encontrando un lugar dentro de él.
La paleta.
La correa.
El relevo entre ambas.
En mi imaginación ya no aparecen como objetos.
Aparecen como decisiones.
Como capítulos de una secuencia que existe porque alguien la ha pensado con antelación.
Y hay algo profundamente tranquilizador en eso.
No porque elimine la incertidumbre.
Sino porque la reemplaza por dirección.
Durante días enteros me descubro repasando escenas mínimas.
La forma en que una herramienta es dejada sobre una mesa.
La pausa antes de elegir la siguiente.
El sonido de unos pasos acercándose.
El silencio que llena una habitación cuando ya no queda nada que discutir.
Detalles insignificantes.
Y sin embargo son esos detalles los que permanecen.
No sé exactamente qué disfruto de ello.
Sigo sin saberlo.
Pero empiezo a sospechar que no se trata de intensidad.
Ni de resistencia.
Ni siquiera de entrega.
Se trata de algo mucho más simple.
La extraña paz que produce saber que alguien ya ha pensado en todo.
Que cada ajuste ha sido realizado.
Que cada decisión ha sido tomada.
Que el proceso continúa avanzando aunque yo permanezca inmóvil.
Y entonces aparece esa quietud.
Esa sensación que se instala en el pecho y no desaparece.
Todavía faltan días.
Nada está ocurriendo.
Y sin embargo parte de mí ya se encuentra allí.
Esperando.
Observando.
Sintiendo que cada elemento ocupa exactamente el lugar que le corresponde.
Y que mi única responsabilidad consiste en llegar hasta ese momento.
Y permanecer.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…