El Rostro Ciego: La Máscara de Cuero como Válvula de Oclusión y Registro

No debería haberme fijado tanto en el momento en que el cuero me cubre la cara.

Pero lo hago.

Y eso es lo primero que me molesta.


Cuando el Amo ajusta la máscara, siento algo que no es exactamente presión.

Es… concentración.

Como si todo lo que antes estaba disperso en mi cara se recogiera en un solo punto.

Y me doy cuenta de que eso me excita de una forma que no encaja con lo que debería sentir.


No es inmediato.

Es peor.

Es progresivo.

Me doy cuenta después.

Cuando ya está puesto.

Cuando ya no tiene sentido pensarlo en pasado.


He notado que respiro distinto con el cuero en la cara.

No porque no pueda respirar.

Sino porque me escucho respirando.

Y eso cambia todo.


Hay un segundo en el que intento convencerme de que es solo incomodidad.

Pero no lo es.

No del todo.

Y esa duda… no se va.

Se queda.


Me he dado cuenta de algo que no quería admitir.

Cuanto más ajustada está la máscara, más difícil me resulta pensar en quitármela.

No porque no pueda.

Sino porque la idea de quitármela interrumpe algo que todavía no entiendo.


Eso es lo que me confunde.

No el objeto.

Sino mi reacción a él.


He intentado recordar cómo se sentía mi cara antes de esto.

No puedo fijarlo.

Es como si el recuerdo fuera menos estable que la sensación actual.


Y eso me da vergüenza.

No por el cuero.

Por mí.

Por notar esto con tanta claridad.


Hay un momento en el que dejo de intentar analizarlo.

Porque analizarlo no lo reduce.

Lo aumenta.


Y ahí aparece la contradicción real:

cuanto más curiosidad siento por lo que me está pasando…

más parece ocupar mi atención.

Como si la curiosidad no fuera un punto de partida, sino un efecto secundario.


Y eso es lo que me inquieta de verdad.

No la máscara.

Sino el hecho de que ya no sé si la estoy usando…

o si estoy empezando a pensar a través de ella.

El cuello no lo estoy moviendo debería…