No recuerdo el primer vídeo.
Sé que debería recordarlo.
Si algo termina ocupando tanto espacio, uno imagina que tendría que existir un principio claro.
Pero cuando intento volver atrás solo encuentro versiones anteriores de la misma curiosidad.
Una pestaña abierta.
Un artículo guardado para leer después.
Una búsqueda que prometí que sería la última.
La taza sigue en la mesa.
La miro mientras carga una página.
Sigue exactamente donde la dejé.
Eso debería tranquilizarme.
Durante unos segundos pienso que me tranquiliza.
Luego me doy cuenta de algo incómodo.
Ya no estoy mirando la taza.
Estoy comprobando la taza.
No parece lo mismo.
Al principio todo era simple.
Curiosidad.
Nada más.
Leía algo.
Descubría una palabra nueva.
Abría otra página.
Encontraba otra historia.
Me decía que solo estaba intentando entender.
Y creo que era verdad.
O al menos lo era al principio.
La alarma del teléfono suena.
Todavía faltan tres minutos para la hora que esperaba.
La apago.
Miro la pantalla.
Compruebo la hora.
La vuelvo a comprobar.
No porque crea que haya cambiado.
Porque durante un instante necesito asegurarme de que fui yo quien la vio.
Eso me da vergüenza escribirlo.
Hay cosas más difíciles de admitir que el deseo.
Por ejemplo, la cantidad de tiempo que pasé observando el deseo desde fuera.
Analizándolo.
Leyéndolo.
Volviendo a leer exactamente las mismas cosas.
Buscando una explicación mejor que la anterior.
La habitación está silenciosa.
Puedo ver polvo suspendido cerca de la ventana.
Nada raro.
Solo polvo.
Pero llevo varios minutos observándolo.
No porque sea interesante.
Porque se mueve lo suficiente para demostrar que algo sigue moviéndose.
La taza sigue en la mesa.
La alarma sigue marcando la hora correcta.
La puerta sigue cerrada.
Todo está bien.
Y eso es lo que empieza a inquietarme.
Porque si todo está bien, no entiendo por qué sigo comprobándolo.
Durante mucho tiempo pensé que estaba buscando información.
Ahora sospecho algo distinto.
Creo que estaba buscando una sensación.
Y cada vez que la encontraba duraba menos.
Entonces volvía a buscar.
No porque estuviera convencido.
Porque todavía no lo estaba.
Tengo que mover el cuello.
La frase aparece.
Espero unos segundos.
No lo muevo.
Antes pensaba que quería moverlo.
Ahora no estoy tan seguro.
Quizá no estoy esperando mover el cuello.
Quizá estoy esperando sentir que la decisión me pertenece.
Y cuanto más intento comprobarlo,
menos claro tengo cuándo empezó esa necesidad.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería…