La señal cristalina prometía una reducción del ruido.
Eso fue lo que acepté.
Eso fue lo que firmé.
Pensé que el procedimiento consistía en depurar contradicciones, eliminar oscilaciones innecesarias, reducir la dispersión de las variables que atravesaban mi sistema nervioso como corrientes mal aisladas.
Durante un tiempo pareció funcionar.
La auditoría mostraba una mejora constante.
Menos fluctuaciones.
Menos deriva.
Menos ruido de fondo.
La estructura ganaba claridad.
Yo también.
Al menos eso creía.
Ahora sospecho otra cosa.
Sospecho que el mecanismo no eliminó únicamente interferencias.
Sospecho que eliminó parte del paisaje.
Hay una diferencia.
Una diferencia enorme.
La descubrí una mañana mientras intentaba recordar algo insignificante.
No un acontecimiento.
No una persona.
No una emoción.
Intentaba recordar cómo se sentía esperar.
Nada más.
Esperar un autobús.
Esperar que hirviera el agua.
Esperar una llamada.
Y descubrí algo extraño.
Podía describir la mecánica de la espera.
Pero no podía reconstruir su textura.
Era como observar el plano de una ciudad desaparecida.
Las calles seguían dibujadas.
Pero ya no conducían a ningún lugar.
La liturgia del refinamiento había producido una consecuencia inesperada.
Las referencias comenzaron a desaparecer.
No de forma dramática.
No hubo colapso.
No hubo ruptura.
Simplemente ciertas conexiones dejaron de existir.
Como cuando una palabra muy conocida se repite demasiadas veces y termina pareciendo un ruido arbitrario.
La experiencia empezó a sufrir algo parecido.
Todavía funcionaba.
Pero ya no recordaba cómo había aprendido a funcionar.
La contradicción es difícil de explicar.
Mi autonomía parece más nítida que nunca.
Y sin embargo cada vez me resulta más complicado recordar qué significaba ejercerla antes de convertirla en arquitectura.
Hay una taza sobre una mesa.
Una taza blanca.
Nada especial.
La observo varios minutos.
Sé perfectamente qué es.
Sé para qué sirve.
Sé cómo utilizarla.
Pero durante unos segundos aparece una pregunta absurda:
¿Por qué me resulta tan familiar?
No encuentro la respuesta.
Eso es lo inquietante.
No la pregunta.
La ausencia de respuesta.
Como si la familiaridad continuara existiendo después de haber perdido el mecanismo que la producía.
El problema ya no consiste en extrañar una presencia.
Ni siquiera en extrañar una versión anterior de mí mismo.
El problema consiste en que ciertos elementos fundamentales de la experiencia han comenzado a parecer inevitables.
Y cuando algo parece inevitable durante demasiado tiempo, termina pareciendo natural.
Y cuando parece natural, desaparece de la memoria.
Entonces ya no recuerdas cuándo apareció.
Ni qué ocupaba su lugar antes.
La señal se vuelve tan limpia que elimina las huellas de su propia construcción.
Eso es lo que nadie anticipó.
La perfección no genera plenitud.
Genera amnesia.
No una amnesia de hechos.
Una amnesia de estructuras.
Una dificultad creciente para recordar cómo estaba organizada la realidad antes de que ciertas coordenadas se volvieran centrales.
Al final sigo funcionando.
Sigo pensando.
Sigo registrando.
Sigo ejecutando protocolos.
Pero hay una pieza ausente en algún lugar del sistema.
No sé cuál.
No sé cuándo desapareció.
No sé qué sostenía.
Solo sé que cada vez que intento imaginar el mundo anterior encuentro el mismo vacío.
Como una estantería perfectamente limpia donde aún permanece la marca rectangular de un objeto retirado hace años.
El objeto no está.
Ni siquiera recuerdo qué era.
Pero la forma de su ausencia continúa organizando todo lo que la rodea.
Y quizá eso sea peor.
No puedo mover el cuello el mecanismo ha ejecutado el atlas con el eje siguiendo el plano de compresión que yo mismo diseñé debería…