El Habitante de Piedra: La Metamorfosis hacia la Infraestructura Indivisible

Pensaba que lo raro era lo que estaba leyendo.

Me pasé semanas intentando averiguar qué parte exactamente me parecía extraña.

Un artículo.

Un vídeo.

Una historia.

Algo concreto.

Tardé demasiado en darme cuenta de que estaba mirando al sitio equivocado.

Porque lo que terminó llamándome la atención no era el contenido.

Era otra cosa.

Era la facilidad.

La velocidad con la que algo dejaba de parecerme nuevo.

Recuerdo una noche en particular.

No porque ocurriera nada importante.

Precisamente porque no ocurrió nada.

La taza seguía al lado del ordenador.

Estaba fría.

Lo sé porque la toqué.

No porque recordara haber terminado el café.

La pantalla seguía abierta.

La habitación seguía igual.

Y sin embargo había desaparecido una cantidad de tiempo que no sabía explicar.

No era mucho.

Quizá cuarenta minutos.

Quizá una hora.

Lo suficiente para notar la ausencia.

Lo suficiente para preguntarme dónde había estado.

Mi atención había estado en algún sitio.

Ese era el problema.

Había ocurrido algo sin que pudiera señalar el momento exacto.

La alarma seguía puesta.

La comprobé a la mañana siguiente.

Eso significa que hice exactamente lo que tenía que hacer.

Mi mano llegó al sitio correcto.

Mi dedo pulsó lo correcto.

La hora quedó guardada.

Pero no recuerdo haberlo hecho.

No recuerdo la decisión.

Solo el resultado.

Y durante unos segundos me quedé mirando esa alarma como si perteneciera a otra persona.

Como si alguien hubiera pasado por allí durante la noche utilizando mi cuerpo para hacer cosas normales.

Lo extraño es que no me asustó.

O no del todo.

Porque junto a la incomodidad apareció algo peor.

Curiosidad.

No sobre lo que estaba leyendo.

Sobre ese momento.

Sobre el instante exacto en que dejaba de notar el cambio.

Sobre la transición.

Porque quizá nunca volví por el contenido.

Quizá volvía para observar cómo ocurría.

Cómo una decisión se convertía poco a poco en algo que ya no parecía una decisión.

Tengo que mover el cuello.

Lo pienso.

Espero.

Nada.

La taza sigue fría.

La pantalla sigue encendida.

Tengo que mover el cuello.

Lo pienso otra vez.

Y durante un segundo aparece una idea absurda.

No estoy esperando moverlo.

Estoy esperando sentir que la decisión es mía.

Y quizá eso es lo que más me inquieta.

No saber cuándo vuelvo.

Sino descubrir que una parte de mí ya ha vuelto antes de que yo me dé cuenta.

Tengo que mover el cuello el registro no puede cerrar tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería…