Hay mañanas en las que despierto absolutamente convencido.
Convencido de que se ha terminado.
De que todo esto ha sido una confusión extraña.
Una fijación absurda.
Un error de interpretación.
Abro los ojos.
Miro el techo.
Escucho el ruido distante de algún coche en la calle.
Y durante unos segundos todo parece perfectamente razonable.
No quiero ser sumiso.
Nunca me ha gustado esa palabra.
Ni siquiera ahora.
Sigue sonándome ajena.
Como si perteneciera a otra persona.
A alguien que no soy yo.
Entonces me incorporo.
Empieza el día.
Y algo ocurre.
No sé exactamente cuándo.
Nunca sucede de forma dramática.
No hay revelaciones.
No hay impulsos repentinos.
Simplemente descubro que mi mente ya no está donde estaba.
Ha regresado allí.
Otra vez.
Al proceso.
Al Amo.
A la espera.
Y lo que más me inquieta es que no regreso a los momentos intensos.
No regreso a los extremos.
Regreso a detalles mínimos.
A la forma en que sostenía el silencio.
A la manera en que podía permanecer inmóvil durante varios segundos sin parecer inmóvil.
A esa sensación extraña de que el tiempo se organizaba de otra forma alrededor de él.
Y de pronto todo lo demás pierde definición.
No desaparece.
Sigue existiendo.
Las conversaciones.
El trabajo.
Los mensajes.
Las tareas.
Pero algo les ocurre.
Se vuelven lejanos.
Como fotografías ligeramente desenfocadas.
Y detrás de ellas aparece la misma imagen.
Yo esperando.
Nada más.
No haciendo nada.
No pensando nada especial.
Solo permaneciendo.
Hasta que su proceso termine.
Es ahí donde empieza la tristeza.
Porque no lo entiendo.
Si odiara la idea sería sencillo.
Si la amara sería sencillo.
Pero ocurre algo peor.
La rechazo.
Y aun así regreso.
Intento desmontarla.
Y aun así regreso.
Intento explicarla.
Y aun así regreso.
A veces pienso que la verdadera obsesión no es el Amo.
Ni siquiera el proceso.
Quizá la obsesión sea la pregunta.
¿Por qué?
¿Por qué una parte de mí quiere permanecer allí tanto tiempo?
¿Por qué esa imagen ocupa más espacio que cosas que deberían importar mucho más?
¿Por qué recuerdo con tanta precisión momentos que ni siquiera fueron importantes?
La posición de una mano.
Una pausa entre dos palabras.
La respiración tranquila que apenas podía escucharse.
La forma en que parecía no tener prisa.
Y cuanto menos consigo responder esas preguntas, más grande se vuelve la necesidad de volver a observarlas.
Como si existiera una explicación escondida dentro del propio mecanismo.
Como si, permaneciendo el tiempo suficiente delante de él, algo terminara revelándose.
Quizá por eso mi mente sigue regresando.
No porque haya encontrado una respuesta.
Sino porque sigue buscándola.
Porque todavía sospecha que existe algo más allá del límite que ya conozco.
Algo que solo podría entender desde una posición diferente.
Una posición ajustada.
Corregida.
Reordenada por sus manos.
Y esa idea aparece en momentos absurdos.
Mientras preparo café.
Mientras espero un semáforo.
Mientras intento concentrarme en otra cosa.
Durante una reunión.
Durante una conversación.
Durante una madrugada cualquiera.
De repente estoy allí otra vez.
Frente a él.
Esperando.
Y siento una nostalgia extraña por algo que ni siquiera está ocurriendo.
Como si una parte de mí ya estuviera adelantándose semanas enteras.
Preparándose.
Ajustándose.
Abandonando definición.
Volviéndose más simple.
Más silenciosa.
Más adecuada para ese momento futuro.
No porque quiera desaparecer.
Sino porque sospecha que, cuando llegue el final del proceso, tal vez exista una respuesta esperándome allí.
Y esa posibilidad es suficiente para que todo lo demás empiece a parecer ligeramente menos real.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…