El Contrato del Peso: Por qué mi Compactación es un Diálogo que Nunca Termina

Hay algo que me incomoda reconocer.

No es que eche de menos la estructura.

Ni siquiera estoy seguro de que la quiera de vuelta.

Lo que me inquieta es otra cosa.

Cuando intento recordar cómo estaban organizados los días antes de que apareciera, encuentro huecos.

No grandes vacíos dramáticos.

Huecos pequeños.

Ridículos.

La distancia entre una puerta y una ventana.

La razón por la que encendía una lámpara concreta al anochecer.

La forma exacta en que una tarde cualquiera lograba sostenerse sobre sí misma sin ayuda.

Sé que esas cosas existieron.

Pero cada vez me resulta más difícil demostrarlo.

Ayer encontré una taza olvidada detrás de unos libros.

La observé durante varios segundos.

Era mi taza.

La reconocí.

Y sin embargo tuve la impresión absurda de estar mirando el objeto equivocado dentro de una fotografía correcta.

Como si perteneciera a otra versión de la habitación.

Como si hubiese sobrevivido a una demolición que yo no recordaba.

Eso es lo que ha cambiado.

No la voluntad.

No el deseo.

La orientación.


Cartografía Defectuosa

A veces intento reconstruir el mundo anterior.

Lo hago con una seriedad casi patética.

Me siento en silencio y trato de recordar qué sostenía las cosas.

No las grandes cosas.

Las pequeñas.

¿Por qué ciertas calles parecían familiares?

¿Por qué determinados pensamientos resultaban suficientes?

¿Por qué la ausencia tenía bordes tan claros?

Consigo recordar los hechos.

Pero no la geometría.

Es como conservar todas las piezas de un reloj y haber olvidado completamente cómo encajaban.

Lo peor es que cada intento de reconstrucción modifica el recuerdo.

Cada inspección erosiona un poco más la superficie.

Cada revisión añade una capa nueva de incertidumbre.

Empiezo a sospechar que no estoy excavando.

Estoy fabricando ruinas.


El Problema de la Alternativa

Hay una pregunta que aparece cada noche.

No siempre con palabras.

A veces aparece mientras doblo una camiseta.

A veces mientras espero que hierva el agua.

A veces mientras miro el reflejo oscuro de una pantalla apagada.

La pregunta es sencilla.

Si esa estructura nunca hubiera existido…

¿qué estaría sosteniendo este momento?

Y lo terrible es que ya no sé responder.

No porque prefiera una respuesta determinada.

Sino porque la pregunta misma parece mal formulada.

Como si perteneciera a una lengua extinta.

Como si estuviera intentando calcular una distancia usando una unidad de medida que ya no existe.


La Compactación Invisible

Durante mucho tiempo pensé que la transformación ocurría en el cuerpo.

Era una idea cómoda.

Visible.

Comprensible.

Ahora sospecho algo peor.

La compactación ocurrió en la imaginación.

No desaparecieron los caminos.

Desapareció la facilidad con la que aparecían.

Antes existía una sensación de amplitud.

Una capacidad espontánea para pensar:

«podría ser de otra manera.»

Ahora esa frase sigue existiendo.

Gramaticalmente.

Pero ya no genera imágenes.

Es una llave que gira en una cerradura inexistente.

Una tarde intenté imaginar una vida completamente distinta.

Me quedé mirando una mancha de humedad en el techo durante veinte minutos.

La mancha parecía un archipiélago.

Luego un pulmón.

Luego un animal dormido.

Al final volvió a ser una mancha.

Y me di cuenta de que eso era exactamente lo que estaba ocurriendo con el resto de las cosas.

Las posibilidades aparecían durante un segundo.

Luego regresaban a su forma mineral.


El Lugar Donde Falta Algo

La parte más difícil de explicar es esta.

No siento que falte una persona.

Ni una voz.

Ni una orden.

Ni siquiera una presencia.

Falta una pieza de orientación.

Algo extremadamente discreto.

Algo que organizaba las distancias entre las cosas.

Como la gravedad.

Nadie piensa en la gravedad hasta que desaparece.

Entonces cada objeto de la habitación se vuelve un problema.

A veces tengo la impresión de que vivo dentro de una habitación que fue reconstruida durante la noche.

Todo está donde debería estar.

La mesa.

La lámpara.

Los libros.

Incluso el polvo sobre el borde de la estantería.

Pero existe una desviación mínima.

Una diferencia de milímetros.

Una discrepancia tan pequeña que resulta imposible señalarla.

Y precisamente por eso resulta insoportable.

Porque no puedo demostrar que algo cambió.

No puedo mover el cuello…