No sé cuándo empecé a fijarme en las máscaras.
Recuerdo volver a ellas.
Eso sí.
Las encontraba en una descripción.
Seguía leyendo.
Y unos minutos después ya estaba regresando para comprobar algo.
No sabía exactamente qué.
Solo que había algo allí que no terminaba de encajar.
En la literatura del Marqués de Sade, la máscara de metal no funciona únicamente como un objeto de ocultación. Su efecto más inquietante es otro.
Transforma el rostro en una superficie incierta.
La expresión sigue existiendo.
Pero deja de estar disponible.
Y esa ausencia parcial parece generar más atención que cualquier revelación.
Quizá por eso sigo volviendo.
No para entender la máscara.
Para comprobar qué ocurre cuando una parte de la identidad desaparece y, aun así, la presencia permanece intacta.
Hay algo extraño en esa contradicción.
Cuanto menos muestra el rostro, más trabajo realiza la imaginación.
Cuanto menos se sabe, más veces se vuelve.
Una noche encontré una nota perdida entre mis apuntes.
No recordaba haberla escrito.
Solo decía:
«No estoy intentando ver más.
Estoy intentando comprobar qué falta.»
La leí varias veces.
Después abrí el libro otra vez.
No porque esperara encontrar una respuesta.
Porque quería verificar si aquella sensación seguía allí.
Seguía.
En el imaginario sadiano, la máscara termina funcionando como una anomalía silenciosa.
No oculta por completo.
No revela por completo.
Permanece entre ambas cosas.
Y quizá por eso resulta tan difícil abandonarla.
Miro la pantalla.
La cierro.
Vuelvo a abrirla unos minutos después.
Sigo diciendo que me interesa el símbolo.
Lo extraño es que cada vez me preocupa más el regreso.
No me pregunto qué oculta la máscara.
Me pregunto cuándo empecé a necesitar volver a comprobarlo.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…