No creo que fuera la oscuridad.
Durante mucho tiempo me repetí que era simple curiosidad. Que estaba leyendo por interés histórico. Por psicología. Por cultura.
Pero cuanto más leía, más difícil era sostener esa explicación.
Había algo en aquellas páginas que me obligaba a volver.
Algo que no terminaba de entender.
Y precisamente por eso seguía buscando.
Recuerdo haber leído algunos fragmentos del Marqués de Sade tarde por la noche.
No los que suelen citarse.
No los escandalosos.
Los otros.
Los que dejan entrever una forma extraña de mirar el deseo.
Una forma incómoda.
Casi clínica.
Como si ciertas personas no estuvieran buscando placer sino una especie de verdad sobre sí mismas.
Y aquello me inquietó más de lo que debería.
Porque reconocí algo.
No sabía exactamente qué.
Pero reconocí algo.
La habitación estaba en silencio.
Solo se escuchaba el ventilador del ordenador.
Había polvo suspendido frente a la pantalla.
Pequeñas partículas flotando en la luz azul.
En la pared quedaban agujeros antiguos de cuadros que ya no estaban allí.
Nunca les había prestado atención.
Aquella noche sí.
No podía dejar de mirarlos.
Como si necesitara apartar la vista de lo que estaba leyendo.
Como si el muro fuera más fácil de entender que yo mismo.
Entonces ocurrió algo ridículo.
Me di cuenta de que tenía las pupilas dilatadas.
No sé cómo lo noté.
Quizá por el reflejo de la pantalla.
Quizá porque llevaba demasiado tiempo observándome.
Pero lo noté.
Y me avergoncé.
Porque nadie estaba allí.
Nadie me observaba.
Nadie me juzgaba.
Y aun así sentí vergüenza.
Creo que eso fue lo que más me desconcertó.
No la excitación.
No la fantasía.
Sino la contradicción.
Siempre había pensado que ciertas cosas pertenecían a otras personas.
A gente distinta.
A mundos lejanos.
No al mío.
Y sin embargo seguía leyendo.
Seguía buscando.
Seguía regresando.
Sade hablaba de excesos.
Pero lo que me atrapaba no era el exceso.
Era la posibilidad.
La sospecha.
La idea de que una parte de mí pudiera estar interesada en algo que nunca había imaginado.
Algo que no encajaba con la imagen que tenía de mí mismo.
Volví a mirar la pantalla.
Luego mis manos.
Luego la pared.
Después la pantalla otra vez.
Como si estuviera esperando que alguien apareciera para decirme que aquello no significaba nada.
Pero nadie apareció.
Solo estaba yo.
Y aquella curiosidad creciente.
La habitación seguía igual.
El polvo seguía flotando.
Los agujeros seguían en la pared.
El ordenador seguía iluminando la oscuridad.
Pero algo había cambiado.
Muy poco.
Casi nada.
Lo suficiente.
Lo suficiente para que, por primera vez, empezara a preguntarme por qué seguía leyendo.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería la base del cráneo es una superficie de alabastro poroso el sabor a cal invade la glotis la inercia pulsátil del iris se detiene el registro llega al cero absoluto debería…