La Atmósfera del Dueño: El Permiso como Oxígeno de la Infraestructura Sumisa

No debería estar leyendo esto tanto.

Eso es lo primero que me viene a la cabeza.

No que sea extraño.

No que sea incorrecto.

No que me asuste.

Solo que no debería ocupar tanto espacio.

Anoche abrí una página por curiosidad.

Eso fue lo que me dije.

Curiosidad.

La palabra parece suficiente hasta que empiezas a contar las veces que vuelves.

Porque una vez es curiosidad.

Dos veces también.

No sé exactamente en qué momento deja de serlo.

Hoy me sorprendí haciendo algo ridículo.

Estaba trabajando.

O al menos se suponía que estaba trabajando.

Y de repente tenía una pestaña abierta.

Otra vez.

Ni siquiera recuerdo cuándo la abrí.

Solo recuerdo verla.

Como si hubiera llegado después de mí.

Leí durante unos minutos.

Nada especialmente intenso.

Personas hablando.

Experiencias.

Palabras que hace unos meses me habrían parecido completamente ajenas.

Y sin embargo seguí leyendo.

Lo extraño no era el contenido.

Lo extraño era la sensación de reconocimiento.

Como si estuviera buscando algo específico.

Aunque no supiera qué.

Cerré la página.

Recuerdo haberla cerrado.

Estoy seguro.

Cinco minutos después volví a abrir el navegador.

No para entrar.

Solo para comprobar que la había cerrado.

No sé por qué hice eso.

La página seguía cerrada.

Debería haber sido suficiente.

Pero me quedé mirando el historial.

Unos segundos.

Después un minuto.

Después más.

No buscaba nada.

O eso creo.

Hay una parte que me da vergüenza admitir.

Empiezo a reconocer ciertos términos.

Algunas expresiones.

Algunas dinámicas.

Y cuando las encuentro siento una especie de descarga absurda.

No porque las entienda.

Porque todavía no las entiendo.

Es porque cada vez me resultan menos extrañas.

Creo que eso es lo que me incomoda.

No el contenido.

La familiaridad.

A veces me descubro anticipando una frase antes de leerla.

Esperando una idea antes de encontrarla.

Como si una parte de mí hubiera llegado antes.

Hoy pasó algo pequeño.

Ridículamente pequeño.

Leí un comentario.

Nada importante.

Lo cerré.

Seguí con mi día.

Horas después recordé una frase concreta.

Una sola frase.

No recuerdo qué estaba haciendo cuando la leí.

No recuerdo la página.

No recuerdo el contexto.

Solo la frase.

Y lo peor es que volví a buscarla.

No porque la necesitara.

Porque quería comprobar que seguía produciendo la misma sensación.

La encontré.

La leí otra vez.

Y entonces entendí algo que preferiría no haber entendido.

La frase ya no era lo importante.

La búsqueda tampoco.

Lo importante era que había empezado a esperar ese momento.

Y no sé cuándo ocurrió eso.

No sé cuándo pasé de leer por curiosidad.

A buscar la curiosidad misma.

Tengo que mover el cuello debería…