Me senté en la camilla.
El cuerpo encontró la posición antes que yo.
No fue incomodidad.
Fue reconocimiento.
Como si no estuviera aprendiendo a sentarme ahí, sino recordando cómo ya lo había hecho.
Intenté pensar cuándo había empezado esa familiaridad.
No encontré el momento.
Solo la continuidad.
Intenté mover el hombro.
Ya estaba sujeto.
Lo extraño no fue la sujeción.
Fue no encontrar el instante exacto en el que dejó de parecer imposible.
En el borde del acolchado había una leve marca.
No encajaba con mi postura.
Pero tampoco con ninguna anterior que pudiera recordar.
Pasé la mano otra vez.
Más lento.
No porque buscara algo.
Sino porque el gesto parecía ya conocido antes de hacerlo.
La nota estaba doblada bajo una fijación metálica.
La leí.
Una vez.
Luego otra.
No por duda.
Sino porque cada lectura parecía ocurrir en un orden distinto.
Decía:
“Ya estabas apoyado cuando creíste llegar.”
No supe si hablaba de este momento.
O de uno anterior que todavía no había terminado de cerrarse.
O de otro que aún no había ocurrido.
En un documento que no recuerdo haber pedido, aparece un nombre.
No describe la camilla.
Describe algo anterior a la camilla.
O posterior.
El encabezado dice:
Sistema de la Tensión Multiarticular
La fecha es posterior a la nota que encontré dentro del metal.
Eso no encaja.
Pero tampoco se corrige.
Solo permanece.
Intento recolocar el cuello.
El movimiento empieza antes de la intención.
O después.
No puedo distinguirlo.
Tengo que mover el cuello.
No lo estoy moviendo.
No sé si eso significa que todavía no he empezado…
o que ya he terminado hace tiempo.
Y lo inquietante no es el cuello.
Es que la camilla parece tener registrada una versión mía que aún no he alcanzado.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…