Antes de que existieran pantallas brillantes, “pornografía” digital o búsquedas instantáneas, la masturbación ya era una práctica tan antigua como el cuerpo humano mismo. Cuerpos solitarios en cuevas prehistóricas, mitologías que narraban orgasmos creativos y tabúes que atravesaban imperios y religiones: el placer auto‑dirigido tenía un relato propio mucho antes de que la tecnología lo mediara. La historia —a veces silenciosa, a veces vehemente— de cómo los seres humanos se relacionaron con la masturbación antes de Internet es un espejo de cómo culturas enteras han negociado el deseo, el tabú, la salud, la religión y el conocimiento del cuerpo. Este viaje nos lleva de pinturas rupestres a sexólogos pioneros y muestra que lo que hoy pensamos como “moderno” tiene raíces profundas en la forma en que nuestros ancestros pensaban, temían y a menudo celebraban su propio placer.
Antigüedad y representaciones tempranas: la masturbación como mito y cuerpo
Pinturas, mitos y rituales olvidados
La evidencia más temprana nos sorprende: representaciones de auto‑estimulación genital aparecen en pinturas rupestres prehistóricas, lo que sugiere que incluso hace miles de años nuestros antepasados no solo sentían placer, sino que también lo representaban visualmente en sus mundos simbólicos. La masturbación no parecía algo “anormal” ni secreto en esos contextos primitivos, sino otra forma de explorar el cuerpo y describir la experiencia humana.
En la mitología de los antiguos sumerios, por ejemplo, la masturbación incluso formó parte de actos creativos: se creía que el dios Enki creó los ríos Tigris y Éufrates mediante la auto‑estimulación y la eyaculación divinas en cauces vacíos, otorgándole una dimensión simbólica al gesto que hoy muchas veces se reduce a lo corporal.
Grecia, Roma y actitudes diversas
En la Grecia clásica y la Roma antigua, la masturbación se concebía de formas variadas y en muchos casos con naturalidad. La literatura y el arte de dichas culturas no ocultaban el autoerotismo; incluso lo integraban en escenas de vida cotidiana y discusiones morales, aunque siempre dentro de marcos sociales más amplios sobre sexo y reputación.
Pero lo que resulta fascinante es que, a pesar de su presencia en arte y mito, la respuesta moral o cultural hacia la masturbación variaba enormemente entre sociedades antiguas, mucho más que la imposición uniforme de represión que llegaríamos a ver más tarde.
Edad Media y Renacimiento: el tabú como norma
A medida que las grandes religiones monoteístas se consolidaron, particularmente el cristianismo en Europa occidental, la masturbación empezó a ser conceptualizada como peligro espiritual y moral. Autores y teólogos recurrieron a una vasta gama de interpretaciones que asociaban el acto con pecado, impureza y desviación del mandato reproductivo.
Estudios históricos muestran que, durante siglos, la masturbación fue considerada peor que otros placeres sexuales no reproductivos, precisamente porque no generaba progenie y era vista como una inversión del propósito “natural” del cuerpo. Las ideas médicas influyeron en ese discurso: se decía que la auto‑estimulación causaba enfermedades físicas y mentales, fatiga, ceguera o locura —una mezcla de prejuicio cultural y explicación científica rudimentaria que persistió por generaciones.
En ciertos períodos medievales, incluso se implementaron herramientas como cinturones de castidad para controlar la sexualidad femenina —no solo frente a otros cuerpos, sino frente a sí misma— evidenciando hasta qué punto la sociedad llegó a temer el placer solitario.
Siglo XVIII y XIX: manuals, moral victoriana y contradicciones científicas
La llegada de la Revolución Industrial y el auge de la moral victoriana consolidaron el rechazo público de la masturbación. Textos médicos y culturales del siglo XIX insistían en que la retención de semen era esencial para la salud, y muchas obras de la época propagaban ideas de represión corporal con autoridad médica.
A pesar de ello, empezaron a surgir las primeras voces científicas que cuestionaron esos mitos: estudios más abiertos sobre sexualidad humana empezaron a filtrar la masturbación fuera del terreno de lo puramente inmoral hacia un campo de investigación. El Informe Kinsey en 1948 y 1953 fue revelador: Kinsey y su equipo entrevistaron a miles de hombres y mujeres y documentaron que la masturbación era un comportamiento común y humano, contrariamente a décadas de silenciamiento cultural.
El siglo XX: sexología, liberación y la caída del tabú
La mitad del siglo XX marcó un punto de inflexión: la sexología científica empezó a desmontar prejuicios milenarios. La Asociación Médica Estadounidense (AMA) en 1972 declaró que la masturbación era una práctica normal y no patológica, eliminándola de listas de “trastornos”.
Esto coincidió con los movimientos de liberación sexual de los años 60 y 70, donde el placer personal, la autonomía del cuerpo y la exploración erótica se convirtieron en temas de debate público y activismo. Incluso propuestas tan sencillas como enseñar masturbación en el currículo escolar fueron consideradas revolucionarias —y en algunos casos extremas o escandalosas —como cuando la cirujana general de EE. UU. Joycelyn Elders sugirió incluirla como educación sexual segura en 1994.
Masturbación antes de la tecnología: mapas mentales, fantasías y práctica corporal
Antes de la llegada de Internet y la pornografía digital, la imaginación, los recuerdos y la memoria sensorial corporal eran los principales canales de excitación. No existían estímulos multimedia instantáneos para guiar el deseo: la mente era el terreno inicial y la memoria emocional el detonante. En ese contexto, la masturbación era una práctica profundamente personal, subjetiva y a menudo alejada del juicio social, inscrita en la narrativa íntima del cuerpo.
No había algoritmos que ofrecieran novedad constante, ni escenas que condicionaran expectativas; lo que había eran textos, fantasías internas, arte erótico impreso o grabados, literatura sensual y experiencias sensoriales aprendidas a través del tacto y la memoria corporal.
Entre tabú y autoconocimiento
La masturbación antes de Internet existió en un continuo de prácticas, creencias y significados que reflejan un rico tapiz cultural: desde la aceptación ritualista en antiguas civilizaciones hasta la represión moral y la medicalización del cuerpo en épocas más recientes. Aunque muchas sociedades escondieron la práctica bajo capas de tabú, también hubo pensadores, artistas y científicos que la reconocieron como una expresión natural de la sexualidad humana.
El viaje histórico muestra que la masturbación no es un fenómeno contingente de la cultura digital, sino una presencia constante del cuerpo erótico humano, que ha sido narrada, culpada, estudiada y finalmente revalorada por diferentes épocas. Entender cómo se vivía antes de Internet nos permite repensar cómo la tecnología —y no solo la tecnología— ha transformado la relación entre el cuerpo, la mente y el placer.