La marca seguía allí.
No sobre la piel.
Sobre la mesa.
Una fotografía.
La había visto antes.
O eso creí.
La imagen mostraba mi espalda frente al muro de cal.
La misma luz.
La misma distancia.
La misma espera.
Lo extraño era que no aparecía ninguna señal de impacto.
Ninguna marca.
Ningún rastro.
Nada.
Le di la vuelta.
Había una frase escrita detrás.
Con mi letra.
«Esta fue tomada después.»
Después de qué no lo decía.
Abrí el cajón.
Dentro encontré una carpeta que no recordaba.
Su nombre era simple.
Registro.
Había dieciséis fotografías.
Las observé una por una.
En todas aparecía la misma habitación.
La misma posición.
El mismo encuadre.
Pero cada imagen mostraba una diferencia mínima.
En algunas la silla estaba más cerca del muro.
En otras más lejos.
En una de ellas faltaba una grieta que ahora recorría la pared hasta el techo.
Sentí una incomodidad inmediata.
No por las imágenes.
Por las fechas.
Las fechas avanzaban correctamente.
Las grietas no.
Una fotografía tomada meses después mostraba una pared menos dañada que una fotografía anterior.
Busqué una explicación.
No encontré ninguna.
Al llegar a la última imagen descubrí algo peor.
Había una nota pegada al muro.
No recordaba haberla visto nunca.
La amplié.
La frase era breve.
«Esta vez sí dejó marca.»
Volví a mirar la fotografía.
La espalda seguía intacta.
Ninguna señal.
Ninguna herida.
Nada.
Sin embargo ahora había otra cosa.
Una sombra.
Justo detrás de mí.
No parecía una persona.
Parecía una ausencia con forma humana.
Abrí otra carpeta.
No recordaba haberla creado.
Dentro encontré una única captura de pantalla.
Mostraba la galería que estaba observando en ese momento.
Tardé varios segundos en comprenderlo.
La captura había sido realizada antes de que yo abriera la carpeta.
Debajo aparecía una anotación.
«No busques la marca en la piel.»
Continué leyendo.
«Búscala en lo que olvidaste.»
La habitación pareció encogerse.
Por primera vez tuve la sensación de que algo estaba respondiendo.
No observando.
Respondiendo.
Revisé los mensajes.
Las notas.
Las fechas.
Las carpetas.
Entonces encontré algo que no esperaba.
Una grabación de audio.
Duraba siete segundos.
La reproduje.
Solo se escuchaba respiración.
Después una voz.
Mi voz.
Diciendo una única frase.
«No fue el primer golpe.»
El archivo estaba fechado tres días en el futuro.
Apagué la pantalla.
Esperé.
La sensación de familiaridad regresó inmediatamente.
La misma mesa.
La misma luz.
La misma espera.
Pero algo había cambiado.
Ya no intentaba descubrir cuándo había empezado todo.
Ahora intentaba descubrir qué había sido borrado.
Tengo que mover el cuello.
O quizá ya lo moví.
No estoy seguro.
La fotografía parece demostrar una cosa.
La grabación otra.
Y la nota que todavía no encuentro insiste en que la diferencia importa.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo el ruido de llegada del próximo impacto ya estaba sedimentado en la cal…