La Geodesia del Confinamiento Estructural: Crónica del Juego de Jaula, la Tensión y la Cal sobre el Eje del Soporte

Al principio pensé que el problema sería el tamaño.

Parece una conclusión razonable.

La estructura se cierra.

El espacio disponible disminuye.

El cuerpo se adapta.

Fin de la historia.

Pero no funciona así.

Lo descubrí durante la primera hora.

O la segunda.

No estoy seguro.

Aquí resulta difícil medir el tiempo porque casi nada cambia.

Y precisamente ese es el problema.

La jaula permanece igual.

Siempre igual.

Intento mover una rodilla.

Encuentro el mismo límite.

Intento cambiar ligeramente la posición de los hombros.

El mismo límite.

Apoyo la cabeza en otro ángulo.

Otra vez el mismo límite.

Después de un tiempo deja de parecer una estructura.

Empieza a parecer una respuesta.

Una respuesta repetida a cualquier pregunta física que formule el cuerpo.

No.

No.

No.

No.

La ventana está cubierta por una capa irregular de suciedad.

No lo había notado al principio.

Ahora la observo constantemente.

Hay una zona donde alguien limpió con la palma de una mano hace mucho tiempo.

La marca sigue allí.

El resto del cristal acumuló polvo otra vez.

Esa parte no.

No sé por qué sigo mirándola.

Es una tontería.

Y aun así vuelvo a ella una y otra vez.

Eso ocurre mucho aquí.

Pequeñas cosas.

Un detalle insignificante.

Luego otro.

Luego otro.

Como si la mente intentara fabricar movimiento donde ya no queda espacio para encontrarlo.

Hay un pañuelo de papel arrugado cerca de una pared.

No parece reciente.

Está aplastado.

Ligeramente amarillento.

Probablemente lleva allí semanas.

Tal vez meses.

Empiezo a preguntarme quién lo dejó.

Después me sorprendo pensando en algo más extraño.

Me pregunto por qué nadie lo recogió.

El pensamiento aparece.

Desaparece.

Regresa media hora después.

No me interesa realmente ese pañuelo.

Pero sigo volviendo a él.

Igual que sigo volviendo a la ventana.

Igual que sigo volviendo a la distancia exacta entre mi hombro y el acero.

La estructura no necesita hacer nada.

Ese es el descubrimiento más incómodo.

No necesita recordarme que existe.

Yo me encargo de hacerlo.

Una pequeña corriente de aire atraviesa alguna rendija invisible.

La noto en el cuello.

Siempre en el mismo lugar.

Es tan débil que podría ser imaginaria.

Aun así la espero.

Cada pocos minutos vuelvo a comprobar si sigue ahí.

Como si esa corriente diminuta se hubiera convertido en un acontecimiento.

Como si el mundo entero hubiera reducido su escala.

Lo curioso es que no quiero estar pendiente de estas cosas.

No quiero pensar en el cristal.

Ni en el pañuelo.

Ni en el aire.

Ni en la distancia entre mis manos y las barras.

Pero sigo haciéndolo.

La atención se comporta de forma extraña cuando se queda sin territorio.

Empieza a instalarse en cualquier cosa.

Una sombra.

Un reflejo.

Una mancha.

Un ruido.

Una grieta.

Y cuanto más pequeña parece esa cosa, más espacio termina ocupando.

Hace un rato descubrí una línea fina en el suelo.

No es una grieta.

Solo una diferencia de color en el cemento.

Llevo varios minutos observándola.

No sé exactamente por qué.

Y quizá eso sea lo más extraño de todo.

No que la estructura limite el movimiento.

Sino que, poco a poco, empiece a reorganizar aquello que merece atención.

El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…