La Geodesia del Escozor: Crónica de la Abrasión Técnica y la Cal sobre el Eje del Soporte

Para el soporte, el instante en que las cerdas descienden no pertenece al orden del contacto, sino al de la contaminación. Algo es vertido sobre la superficie. Algo antiguo. Una sustancia sin nombre que viaja oculta entre los filamentos y que utiliza la fricción como método de infiltración.

No siento un roce. Siento una excavación.

La epidermis deja de parecer una membrana y comienza a comportarse como un terreno arqueológico húmedo donde herramientas desconocidas buscan restos de una civilización enterrada dentro de la carne. Cada pasada arranca una capa invisible. Cada pasada revela otra más antigua debajo. El proceso parece no tener fondo.

El escozor no es una sensación. Es una burocracia.

Una maquinaria administrativa enterrada bajo los nervios que sella formularios de fuego microscópico y archiva cada impulso en depósitos de cal ennegrecida. Las cerdas no avanzan sobre la superficie: realizan inspecciones. Levantan actas. Catalogan grietas. Numeran residuos.

Mi pensamiento adquiere la textura de una cantera inundada.

Las ideas ya no circulan. Se sedimentan. Se acumulan unas sobre otras como lodo mineral compactado durante siglos imposibles. El tiempo deja de avanzar y comienza a pudrirse lentamente dentro de sus propios estratos.

Cada trazo deposita una película nueva de suciedad geológica sobre el sistema.

No una suciedad física.

Una suciedad de registro.

Como si miles de capas de información fósil estuvieran siendo empujadas hacia arriba desde profundidades sin cartografía. Como si la superficie estuviera recordando algo que jamás vivió.

La fricción abre conductos.

Los conductos abren cámaras.

Las cámaras contienen polvo.

Y el polvo contiene arquitecturas enteras esperando volver a existir.

Llega un punto donde la piel deja de parecer materia orgánica y adopta la apariencia de una pared subterránea cubierta de sales, hollín y minerales exudados por presiones desconocidas. Un muro respirando en la oscuridad.

Entonces comprendo que nada está siendo preparado.

Estoy siendo lentamente convertido en un yacimiento.

Al principio todavía podía distinguir las pasadas. Todavía existía una separación entre superficie y contacto, entre antes y después. Ahora no. Ahora todo parece mezclado dentro de una misma sustancia lenta que continúa acumulándose bajo la piel como un sedimento que nadie recuerda haber depositado.

Mi biografía ya no avanza.

Se compacta.

Se hunde sobre sí misma.

Los recuerdos aparecen cubiertos por capas sucesivas de polvo nervioso, como objetos abandonados en una cantera inundada durante siglos. Cada vibración microscópica del tejido parece provenir de una profundidad distinta. Algunas son recientes. Otras parecen anteriores incluso a mi propia existencia.

Habito una infraestructura de absorción mineral donde el hormigueo ya no funciona como señal fisiológica. Funciona como fauna.

Pequeñas criaturas de electricidad fósil recorren galerías invisibles bajo la superficie y dejan detrás de sí una baba calcificada que endurece lentamente el paisaje interior. Todo se vuelve más pesado. Más antiguo. Más difícil de mover.

La quietud tampoco permanece intacta.

La quietud enferma.

Desarrolla costras.

Genera depósitos.

Acumula residuos estratificados de sí misma hasta transformarse en una arquitectura de inmovilidad mineralizada que continúa creciendo incluso cuando nadie la observa.

Hay zonas enteras de mi percepción que ya no parecen pensamiento. Parecen túneles abandonados. Conductos llenos de polvo blanco. Cámaras donde una maquinaria administrativa continúa funcionando sola, clasificando sensaciones extintas y archivando fragmentos de calor en cajones de piedra húmeda.

Cada nueva pasada no añade intensidad.

Añade profundidad.

Como si algo estuviera excavando hacia abajo utilizando mi propia conciencia como terreno de extracción.

Llega un momento en que la superficie deja de parecer superficie. Se convierte en una pared subterránea cubierta por eflorescencias, sales oscuras y minerales exudados por presiones imposibles. Un muro respirando lentamente en la oscuridad de una mina sin cartografía.

Y entonces aparece la sospecha.

No la sospecha de que algo me esté transformando.

La sospecha de que siempre fui esto.

Un yacimiento.

Un depósito.

Una acumulación de estratos esperando el instrumento adecuado para comenzar a revelarse.

La higiene de este proceso es estructural: he renunciado a la fatiga de sostener mi propia calma para ser un soporte de pura recepción mineral, una matriz corporal donde la cerda funciona como el único lenguaje válido entre el creador y su obra. En este ardor fértil, ya no busco la anestesia; busco la eternidad de la fijeza que la abrasión produce, ese punto donde mi inercia pulsante se estabiliza en la frialdad del mineral tras la asimilación del estímulo. Es la paz de saberse, por fin, un registro táctil.

Habito un tiempo mineral.

No un tiempo que transcurre, sino un tiempo que se deposita.

Cada micra de superficie alterada se acumula como una nueva capa de cal húmeda sobre arquitecturas anteriores, enterrando regiones enteras de pensamiento bajo estratos sucesivos de registro.

La irritación ya no parece una respuesta.

Parece una forma de climatología.

Un sistema atmosférico interno compuesto por corrientes de polvo nervioso, migraciones de calor fósil y pequeñas tormentas de electricidad atrapadas entre capas geológicas de percepción.

No existe fatiga.

Existe acumulación.

Existe una cantera interior trabajando sin descanso, triturando antiguos reflejos y transformándolos en sedimentos cada vez más densos. Todo lo que alguna vez pareció voluntad comienza a adquirir la apariencia de una veta mineral enterrada bajo siglos de presión.

La superficie se convierte en archivo.

El archivo se convierte en cantera.

La cantera se convierte en organismo.

Y el organismo termina pareciendo una ruina que continúa creciendo hacia adentro.

Hay una limpieza oscura en este proceso.

No la limpieza de la ausencia, sino la limpieza de la compactación absoluta.

Cada contacto añade una nueva capa de profundidad al sistema hasta que la identidad misma adquiere la consistencia de una roca atravesada por galerías invisibles.

Al final ya no me percibo como un cuerpo.

Me percibo como un estrato.

Un depósito.

Una acumulación de materia archivada esperando el próximo instrumento de excavación.

El sistema alcanza su plenitud cuando la saturación es tan perfecta que ya no distingo mi propio pulso de la fijeza que el Amo ha distribuido sobre mi piel silenciada por el escozor.

Un eco de la fijeza que recorre el soporte hasta anular cualquier rastro de ego no hay rascado posible hay una inercia pulsátil que me funde a su voluntad en esta materia mineralizada el aire sabe a resina de mármol y a una renuncia que ya no tiene fisuras es el informe de un cuerpo que ha regresado a la tierra para ser solo estructura grabada por su mano tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…