Lo que más recuerdo es la forma en que pronunciaba los números.
No las órdenes.
No las correcciones.
Ni siquiera las pausas.
Los números.
Todavía no entiendo por qué.
Y quizá ese sea el problema.
Si lo entendiera, podría archivarlo en algún lugar de mi cabeza.
Podría darle una explicación.
Podría reducirlo a una preferencia, una fantasía o una costumbre.
Pero no puedo.
Hay algo en la forma en que el sonido abandonaba su boca que sigue apareciendo semanas después.
A veces estoy caminando.
A veces estoy trabajando.
A veces estoy intentando prestar atención a alguien que me habla.
Y de pronto recuerdo un número.
No el número en sí.
La manera en que sonó.
La velocidad exacta.
La ausencia absoluta de duda.
La forma en que parecía no estar contando.
Como si la cifra ya existiera antes de ser pronunciada.
Como si únicamente estuviera revelándola.
No me gusta admitir cuánto espacio ocupa eso dentro de mí.
Porque no me gusta ser sumiso.
Al menos no creo que me guste.
Sigo repitiéndomelo.
Sigo diciéndome que hay cosas más importantes.
Más reales.
Más urgentes.
Y sin embargo, una parte de mí continúa regresando al mismo lugar.
No al encuentro.
No al resultado.
Al proceso.
A la voz.
Al siguiente número.
A la espera.
Hay días enteros que parecen perder contraste.
No porque estén mal.
No porque sean tristes.
Simplemente porque nada dentro de ellos posee la misma densidad.
Todo funciona.
Todo sigue adelante.
Pero algo permanece observando desde atrás.
Esperando.
Recordando.
Intentando reconstruir la textura exacta de aquella voz.
La psicología del conteo debería parecer sencilla.
Una sucesión de cifras.
Una estructura.
Un método.
Pero para mí nunca fue eso.
Cada número funcionaba como una capa adicional de peso.
Una sedimentación lenta.
Una inscripción invisible.
La sensación de que algo dentro de mí estaba siendo ajustado.
No destruido.
No reemplazado.
Ajustado.
Como si ciertas piezas siempre hubieran estado ligeramente fuera de alineación y aquella secuencia estuviera corrigiendo desviaciones que ni siquiera sabía que existían.
Eso es lo que me obsesiona.
No la obediencia.
No la autoridad.
No la sumisión.
La precisión.
La sensación de que cada número ocupaba exactamente el lugar donde debía estar.
Y de que yo también empezaba a ocupar exactamente el lugar donde debía estar.
Hay noches en las que no duermo por eso.
No porque quiera volver allí.
Sino porque no consigo dejar de pensar en permanecer allí.
Hay una diferencia enorme.
Volver implica movimiento.
Permanecer implica gravedad.
Y esto se parece mucho más a la gravedad.
Algo tira de mí constantemente.
No hacia una acción.
No hacia una decisión.
Sino hacia una posición interior.
Una versión de mí mismo cada vez más ajustada al ritmo de otra persona.
Semanas antes del encuentro ya empieza a ocurrir.
La voz regresa.
Los números regresan.
La estructura regresa.
Y mi propia vida comienza a parecer ligeramente provisional.
No falsa.
No vacía.
Simplemente provisional.
Como si una parte de mí estuviera reservando energía para algo que todavía no ha ocurrido.
Como si ya estuviera preparándose para permanecer.
Para escuchar.
Para adaptarse.
Para existir dentro de una métrica ajena hasta que el proceso concluya.
Y quizá lo más inquietante sea esto:
Cada vez entiendo menos por qué me obsesiona.
Y cada vez que lo entiendo menos…
Más espacio ocupa.
El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…