La Estética del Impacto: Por qué el Cuerpo Sumiso Reclama el Azote en el Mecanismo de Sade

El azote

No sé cuándo empecé a detenerme en esa palabra.

Azote.

Antes la leía y seguía adelante.

Ahora no.

Ahora me quedo unos segundos más.

Luego cierro la página.

Y vuelvo.

Eso es lo que me preocupa.

No la palabra.

La vuelta.

Me digo que estoy leyendo por curiosidad.

Que solo quiero entender ciertas dinámicas.

Que me interesa el aspecto psicológico.

Pero entonces vuelvo a encontrarme delante del mismo artículo.

Del mismo foro.

De la misma discusión.

Y ya no estoy tan seguro.

Hay algo vergonzoso en reconocer cuánto espacio puede ocupar una idea tan pequeña.

Ni siquiera ha ocurrido nada.

Nadie me ha dado instrucciones.

No he tenido ninguna experiencia.

No hay sesiones.

No hay historias propias.

Solo lectura.

Solo pantallas.

Solo párrafos que prometo abandonar después de terminar una línea más.

En los textos del Marqués de Sade, el azote aparece muchas veces como algo más que un golpe.

Eso es lo que sigo intentando entender.

No el impacto.

La espera del impacto.

La atención que exige.

La forma en que reorganiza todo lo que ocurre antes.

A veces cierro una pestaña.

Voy a hacer otra cosa.

Contesto mensajes.

Miro el correo.

Me preparo un café.

Y de repente descubro que estoy otra vez allí.

Leyendo exactamente lo mismo.

Como si hubiera vuelto para comprobar algo.

Como si necesitara asegurarme de que sigue produciendo el mismo efecto.

Hoy encontré una nota antigua.

Una frase copiada hace meses.

No recordaba haberla guardado.

Ni siquiera recordaba haber leído aquel texto.

Pero reconocí la frase antes de terminarla.

Eso me dejó incómodo.

Porque empiezo a sospechar que algunas cosas regresan antes de que yo decida buscarlas.

Quizá por eso el azote ocupa un lugar tan extraño en esta literatura.

No funciona solo como una acción.

Funciona como una expectativa.

Como una promesa suspendida.

Como algo que parece estar ocurriendo incluso cuando todavía no ha ocurrido.

Y quizá eso es lo que sigo comprobando.

No la escena.

No el golpe.

La distancia entre saber que voy a volver y descubrir que ya he vuelto.

Tengo que cerrar la página.

No la estoy cerrando.

La mano ya estaba moviéndose antes de que apareciera la intención.

Y durante un segundo me pregunto algo que cada vez resulta más difícil ignorar.

No cuándo empezó mi curiosidad.

Sino cuánto tiempo llevaba creciendo antes de que la reconociera.

No sé exactamente cuándo apareció esta idea.


Antes creía que sí.


Pensaba que podía señalar un artículo.

Una conversación.

Una noche concreta.


Ahora ya no estoy seguro.


Esta mañana encontré una pestaña abierta.


Nada raro.


Lo raro es que no recordaba haberla dejado abierta.


Era un texto sobre disciplina.


Lo había leído entero.


Lo sabía porque algunas frases me resultaban familiares.


Demasiado familiares.


Como si no fuera la primera vez.


Me preparé café.


Volví.


Cerré la pestaña.


Fui a la cocina.


Volví otra vez.


La abrí de nuevo.


No porque hubiera olvidado lo que decía.


Porque necesitaba comprobar algo.


Todavía no sé qué.


Eso empieza a avergonzarme un poco.


No el contenido.


Ni siquiera la curiosidad.


La repetición.


La facilidad con la que regreso.


He empezado a notar cosas pequeñas.


Busco las mismas palabras.


Leo los mismos comentarios.


Guardo enlaces que ya había guardado.


Ayer encontré un marcador antiguo.


Meses antiguo.


No recordaba haberlo añadido.


Lo abrí.


Reconocí el título inmediatamente.


Sentí un calor extraño en el estómago.


Lo cerré.


Lo abrí otra vez.


La habitación estaba en silencio.


Había polvo suspendido delante de la lámpara.


Pequeñas partículas flotando despacio.


Me quedé mirándolas demasiado tiempo.


Pensando en algo absurdo.


Pensando que quizá no estoy esperando una experiencia.


Quizá estoy esperando descubrir cuándo empezó la espera.


Eso suena ridículo escrito así.


Pero cada semana encuentro alguna evidencia nueva.


Una búsqueda.


Una nota.


Una captura.


Algo que parece demostrar que una parte de mí llegó antes.


Y dejó rastros.


No grandes revelaciones.


Solo migas de pan.


Pequeñas pruebas.


Suficientes para volver.


Siempre volver.


Empiezo a pensar que la fascinación no consiste en avanzar.


Consiste en regresar.


Comprobar.


Cerrar.


Volver a comprobar.


Y preguntarme por qué necesito hacerlo.


Tengo que mover el cuello.


No lo estoy moviendo.


Hace unas semanas era tensión.


Ahora es diferente.


Es como reconocer una postura antes de adoptar la postura.


Como si el cuerpo hubiera leído una página antes que yo.


Y siguiera esperándome allí.

Tengo que mover el cuello…