Lo extraño es que la oscuridad nunca terminó cuando me quitaron el antifaz.
Eso es lo que sigo intentando entender.
La sesión terminó.
El Amo retiró cada elemento.
La luz regresó.
El ruido regresó.
El mundo regresó.
Y sin embargo una parte de mí continuó allí.
No en la habitación.
No exactamente.
Sino en el instante anterior a que la luz volviera.
Hay algo en ese momento que se ha quedado atrapado dentro de mí.
A veces despierto por la mañana y durante unos segundos no recuerdo dónde estoy.
No porque esté desorientado.
Sino porque mi mente parece comprobar algo.
Como si esperara encontrar todavía aquella oscuridad intacta.
Como si esperara seguir allí.
Quieto.
Esperando.
Y entonces aparece la decepción.
Una decepción absurda.
Porque estoy en mi cama.
Porque es un día normal.
Porque debo levantarme.
Porque debo responder mensajes.
Trabajar.
Hablar.
Moverme.
Pensar.
Y ninguna de esas cosas parece tan definida como aquella inmovilidad.
Eso es lo que me inquieta.
No la sesión.
No el dolor.
No la obediencia.
La claridad.
Porque recuerdo aquella oscuridad con más precisión que acontecimientos mucho más importantes.
Recuerdo el peso exacto del silencio.
Recuerdo la sensación de mi respiración.
Recuerdo la inmovilidad.
Recuerdo la tranquilidad.
Mientras que otras cosas desaparecen.
Conversaciones.
Días completos.
Semanas enteras.
Todo parece erosionarse lentamente.
Excepto aquello.
Y cuanto más tiempo pasa, más evidente se vuelve la diferencia.
Hace unos días intenté explicarme que era una simple experiencia.
Nada más.
Un episodio concreto.
Algo que ocurrió y terminó.
Pero la explicación no funcionó.
Porque las experiencias normales se alejan.
Esta no.
Permanece.
Como una piedra en el centro de un río.
Todo cambia alrededor.
Ella no.
Y entonces vuelve la pregunta.
La misma pregunta.
Siempre la misma.
¿Por qué?
¿Por qué sigo pensando en ello?
¿Por qué sigo comparando todo con aquello?
¿Por qué sigo sintiendo que algo importante permanece allí esperando?
No me gusta ser sumiso.
La frase sigue siendo cierta.
La repito una y otra vez.
No me gusta.
No encaja conmigo.
No coincide con la imagen que tenía de mí mismo.
Y sin embargo la contradicción solo alimenta el problema.
Porque cuanto más me niego, más presente se vuelve.
Cuanto más intento alejarme, más nítido aparece el recuerdo.
Como si la resistencia fuera combustible.
Como si la obsesión creciera precisamente allí donde intento detenerla.
Y algunas noches, cuando la casa está completamente en silencio, tengo una sensación extraña.
No imagino órdenes.
No imagino dolor.
No imagino castigos.
Lo único que imagino es permanecer.
Simplemente permanecer.
Como si toda la complejidad del mundo pudiera reducirse a eso.
Permanecer.
Esperar.
Respirar.
Y dejar que el tiempo avance sin mí durante un momento.
Eso es lo que más me asusta.
Porque no lo entiendo.
Y porque cada vez parece más importante.
Tengo que mover el cuello…