La tensión.
El sonido.
La circulación.
El extraño peso de mis propias manos.
La correa no empieza cuando toca.
Empieza antes.
Empieza con el sonido.
Hay una silla ligeramente torcida junto a la pared. La veo desde hace rato. No sé si siempre estuvo así. Cada vez que vuelvo a mirarla parece inclinada en un ángulo diferente.
Probablemente no se ha movido.
La correa sí.
El aire la anuncia unos segundos antes de que llegue. No es una amenaza. Es una reorganización. Algo cambia de lugar dentro de mí incluso antes del contacto.
Durante mucho tiempo pensé que lo importante era el impacto.
Ahora no estoy tan seguro.
Lo que permanece no es el golpe.
Es la expectativa del siguiente.
Una expectativa que termina ocupando más espacio que el propio cuerpo.
En algún lugar de la habitación una tubería emite un chasquido seco.
Después nada.
Después otro.
No coincide con nada de lo que ocurre.
Y precisamente por eso no puedo dejar de escucharlo.
La piel intenta interpretar.
Los músculos intentan anticipar.
La respiración intenta negociar.
Ninguna de las tres cosas parece especialmente eficaz.
Hay un instante extraño en el que creo haber oído dos sonidos.
El de la correa.
Y otro más débil detrás.
Cuando intento distinguirlos ya es demasiado tarde.
Quizá nunca existió el segundo.
La superficie del cuerpo empieza a comportarse de forma diferente. Zonas insignificantes adquieren una importancia absurda. Otras desaparecen casi por completo.
Una costura en la ropa se vuelve insoportablemente evidente.
La posición de un dedo deja de importar.
La atención ya no se distribuye según la lógica habitual.
Se desplaza.
Como agua buscando una grieta.
Como polvo acumulándose siempre en la misma esquina.
Hay algo torpe en reconocerlo.
Algo difícil de admitir.
Cuanto más intento conservar una sensación coherente de mí mismo, más fragmentaria se vuelve.
No desaparezco.
Pero dejo de ocupar el centro.
Sobre una mesa cercana hay una taza con una huella semicircular de humedad debajo.
Estoy convencido de que la marca es más grande que antes.
La observo durante varios segundos.
No cambia.
Creo.
La correa vuelve a moverse.
La silla sigue torcida.
La tubería vuelve a sonar.
Y entre esos pequeños acontecimientos que no parecen pertenecer a la escena, algo continúa reorganizándose dentro de mí sin pedir permiso.
Al final ya no sé si estoy esperando el contacto.
O si estoy esperando esa transformación silenciosa que aparece justo antes.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…