Para el activo, el momento en que el metal o la punta de los dedos empieza a recorrer la piel no tiene nada que ver con la sorpresa.
La sorpresa dura muy poco.
Lo que viene después es otra cosa.
Al principio todavía intento anticipar el siguiente contacto. Creo que va a llegar al hombro y aparece cerca de las costillas. Pienso que se detendrá y continúa unos centímetros más. Durante unos segundos sigo jugando a adivinar.
Luego dejo de hacerlo.
No porque no pueda.
Porque empiezo a equivocarme.
Y llega un punto en que equivocarse todo el tiempo resulta extrañamente agotador.
Lo que el Amo controla no es la intensidad del contacto. Ni siquiera la dirección. Controla el espacio que queda entre una expectativa y la siguiente. Ese pequeño territorio donde mi cuerpo todavía cree que puede organizar lo que está ocurriendo.
La piel intenta adaptarse.
Nunca lo consigue del todo.
Un roce ligero sobre el antebrazo puede quedarse más tiempo que una presión firme en otro lugar. Hay momentos en que sigo pensando en un punto concreto varios segundos después de que ya no esté siendo tocado.
Es ridículo.
Sé perfectamente dónde está la mano.
Y aun así sigo pendiente de un lugar por el que pasó hace medio minuto.
Empiezo a notar cosas que normalmente no existirían.
La diferencia entre la temperatura de una muñeca y la de los dedos.
El borde de una uña.
La forma en que ciertos músculos se tensan antes de que yo sea consciente de haber reaccionado.
Hay una pequeña marca cerca de mi codo izquierdo. La conozco desde hace años. No recuerdo de dónde salió. De pronto paso más tiempo observando esa marca que pensando en cualquier otra cosa.
No esperaba eso.
Pensaba que prestaría atención al control.
A la autoridad.
A la entrega.
Y termino observando una mancha de piel del tamaño de una lenteja.
A veces incluso me molesta.
A veces me parece fascinante.
Mientras tanto, el recorrido continúa.
No siento que me esté inmovilizando.
Siento que está reorganizando el mapa.
Cada contacto desplaza algo.
No necesariamente donde toca.
A veces ocurre varios centímetros más allá.
A veces ocurre dentro de la cabeza.
Hay momentos en que quiero reaccionar y no reacciono.
Y otros en que reacciono antes de decidir hacerlo.
Eso es lo que termina imponiéndose.
No la quietud.
La imposibilidad de saber exactamente qué parte de mí va por delante y cuál llega tarde.
Al otro lado de la habitación algo hace un clic.
Creo que es la calefacción.
Lleva haciéndolo toda la tarde.
Lo escucho tres veces.
La cuarta no llega.
Y paso más tiempo esperando ese ruido que pensando en la siguiente vez que la mano volverá a tocarme.
No lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…