La pasión destructiva, en el mecanismo de la ingeniería de la fijeza, no empieza como una decisión.
Empieza antes de que yo la reconozca como tal.
Hay un segundo extraño en el que el cuerpo ya ha entendido algo que la mente todavía intenta nombrar.
No es odio todavía.
Tampoco amor.
Es una inclinación previa, como si el aire ya hubiera elegido la dirección del golpe.
Estoy de pie.
Creo que estoy quieto.
Pero noto que la mano ya no descansa donde la dejé.
No recuerdo haberla movido.
Y eso es lo primero que no encaja.
La mesa tiene una marca húmeda que no estaba antes.
No parece un derrame.
Parece algo que el objeto hizo mientras yo no lo miraba.
Me quedo mirándolo demasiado tiempo, como si así pudiera deshacerlo.
No funciona.
La tensión no sube.
Se queda.
Como si ya hubiera ocurrido algo que todavía no tiene escena.
Siento el desastre antes del desastre, pero no como una sensación clara.
Más bien como una pérdida de continuidad.
El momento no rompe.
Se estrecha.
Y en ese estrechamiento aparece la primera contradicción: nada está pasando, pero todo ya cambió de sitio.
Intento llamar a esto “impulso”.
La palabra me da una forma cómoda de sostenerlo.
Pero no encaja.
No es impulso.
Es otra cosa que llega antes de mi explicación.
Me doy cuenta de que llevo varios segundos sin buscar la salida de la habitación.
No porque no pueda salir.
Sino porque la idea de salir no termina de convertirse en movimiento.
La puerta está ahí.
Eso es lo extraño.
Está ahí, abierta incluso.
Y aun así no funciona como salida.
Funciona como confirmación.
Como si el cuarto no me retuviera.
Solo esperara a ver qué hago con eso.
Hay un objeto pequeño en el suelo, no sé cuándo cayó.
Una pieza metálica, fría, sin uso claro.
La levanto.
Pesada de una forma innecesaria.
Y en ese gesto mínimo aparece una calma que no es calma.
Es suspensión.
Como si el tiempo hubiese aceptado que no va a avanzar conmigo dentro.
No pienso en Sade.
No todavía.
Aquí no hace falta.
Lo que ocurre es anterior a cualquier diagnóstico.
El problema es que incluso la intención de romper algo llega tarde.
Cuando el objeto ya está a medio camino del impacto, entiendo que no era necesario lanzarlo.
Pero la mano ya no está en el punto inicial.
Solo en el resultado.
Y entonces ocurre una pequeña inversión.
No soy yo el que actúa sobre las cosas.
Son las cosas las que terminan de decidir lo que hice.
La habitación de cal sigue igual.
Eso es lo inquietante.
Nada responde de forma evidente.
Pero todo registra.
Y en ese registro hay algo que no puedo corregir a tiempo.
Doy un paso.
No sé si avanzo o si el suelo ha cambiado de lugar.
Cuando miro hacia atrás, no reconozco el borde donde debería empezar el regreso.
Y por un instante absurdo pienso que quizá no he entrado aquí.
Sino que esto ha terminado de aceptarme dentro.
Y no hay diferencia útil entre esas dos cosas.
Sigo.
Sin decidir seguir.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo..