El Ojo del Administrador: La Vigilancia como Estructura de Captura

No me gusta admitirlo.

Ni siquiera me gusta pensarlo demasiado.

Si alguien me preguntara directamente, probablemente intentaría explicarlo de otra manera.

Diría que es curiosidad.

Costumbre.

Rutina.

Cualquier cosa menos esto.

Pero sigo allí.

Siempre termino allí.

No porque quiera obedecer.

Ni porque disfrute especialmente siendo observado.

De hecho, muchas veces me incomoda.

Hay momentos en los que me irrita.

Momentos en los que me pregunto qué estoy haciendo.

Y aun así regreso.

Lo extraño es que casi nunca pienso en grandes cosas.

No imagino ceremonias.

No imagino transformaciones.

Pienso en detalles absurdamente pequeños.

La forma en que se queda quieto cuando está concentrado en algo.

El tiempo que tarda en responder una pregunta cuando está revisando algo mentalmente.

La manera en que sus dedos permanecen apoyados sobre una superficie unos segundos más de lo necesario.

No sé por qué recuerdo esas cosas.

Debería recordar otras.

Pero son esas.

Siempre esas.

A veces imagino simplemente estar en la misma habitación.

Nada más.

Ni siquiera hablando.

Solo presente.

Mientras él hace lo que tenga que hacer.

Leyendo algo.

Escribiendo algo.

Revisando algo.

Caminando de un lado a otro.

No participo.

No aporto nada.

Ni siquiera soy necesario.

Y, sin embargo, hay una parte de mí que no deja de volver a esa imagen.

Eso debería molestarme más.

Durante años pensé que la sumisión era una palabra que pertenecía a otras personas.

Pensé que se trataba de disfrutar ciertas cosas que yo nunca había disfrutado.

Pensé que era una identidad.

Un deseo.

Una preferencia.

Pensé que sería diferente.

Lo que nunca entendí es que, para mí, no aparece como placer.

Aparece como permanencia.

Como una necesidad extraña de seguir allí cuando cualquier otra persona ya se habría marchado.

Hay momentos en los que lo observo trabajar y siento algo parecido al agotamiento.

No euforia.

No felicidad.

Algo más difícil de explicar.

Como cuando sostienes una postura incómoda durante demasiado tiempo y, aun así, no quieres moverte.

Porque moverte rompería algo.

No sé exactamente qué.

Pero algo.

A veces me descubro esperando una señal que ni siquiera sé identificar.

Una mirada.

Un gesto mínimo.

La forma en que cambia el peso de un pie al otro cuando está pensando.

Es una tontería, pero recuerdo esas cosas con más claridad que conversaciones enteras.

Recuerdo una vez que permaneció en silencio durante varios minutos.

Ni siquiera estaba mirándome.

Estaba ocupado.

Yo tampoco estaba haciendo nada.

Y aun así sigo recordándolo.

No sé por qué sigo mirando eso dentro de mi memoria.

No ocurrió nada.

Absolutamente nada.

Quizá precisamente por eso.

Porque no había nada que hacer.

Nada que demostrar.

Nada que alcanzar.

Solo permanecer.

Y cuanto más tiempo permanezco, más extraño resulta algo.

Empiezo a perder interés en mí mismo.

No de una forma dramática.

No como una tragedia.

Más bien como cuando una conversación lejana deja de escucharse poco a poco.

Mi propia voz interior se vuelve menos urgente.

Menos importante.

Más pequeña.

Mientras tanto, él sigue allí.

Y su proceso sigue avanzando.

No necesito entenderlo.

No necesito dirigirlo.

Ni siquiera necesito formar parte de él.

Solo necesito no interrumpirlo.

Solo necesito estar presente hasta que termine.

Y cuando intento explicarme por qué, nunca encuentro una respuesta convincente.

Solo encuentro la misma imagen.

La misma habitación.

El mismo silencio.

La misma espera.

Y a mí.

Todavía allí.

El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…