Hay días en los que no ocurre absolutamente nada.
Y precisamente ahí empieza el problema.
No sucede nada extraño. No aparece ningún mensaje. No hay órdenes. No hay señales evidentes. El día transcurre con la banalidad perfecta de cualquier otro día.
Y sin embargo algo está mal.
No sé explicar qué.
Esa es la parte que más me avergüenza.
Porque si alguien me preguntara qué ocurre, no tendría ninguna respuesta razonable.
Solo una sensación.
Una sensación pequeña.
Persistente.
Como un cuadro colgado unos milímetros torcido en una habitación donde nadie más parece darse cuenta.
Por la mañana abro los ojos antes de que suene la alarma.
No estoy pensando en él.
Todavía no.
Lo sé porque durante unos segundos mi mente está completamente vacía.
Luego ocurre algo.
Algo diminuto.
Una especie de comprobación involuntaria.
Como cuando buscas las llaves en el bolsillo antes de salir.
Solo que no estoy buscando unas llaves.
Estoy buscando algo que no debería estar buscando.
Y cuando no lo encuentro, el día empieza con una ligera sensación de error.
No dolor.
No tristeza.
Algo peor.
Imprecisión.
Me levanto.
Voy hacia la cocina.
Abro un armario.
Miro una taza.
Una taza completamente normal.
Blanca.
Con una pequeña grieta cerca del asa.
Y durante varios segundos me quedo observándola porque la grieta me recuerda algo que no consigo identificar.
No es una asociación lógica.
No tiene sentido.
Pero ocurre.
Cada vez ocurre más.
Empiezo a sospechar que mi mente está construyendo puentes donde no existen carreteras.
Más tarde estoy trabajando.
Un compañero me habla de algo irrelevante.
Creo que era sobre una actualización informática.
O sobre una reunión.
No estoy seguro.
Lo terrible es que realmente intento escuchar.
Lo intento de verdad.
Pero en mitad de una frase aparece esa sensación otra vez.
No un pensamiento.
Una sensación.
Como si hubiera olvidado algo importante.
Como si hubiera dejado una puerta abierta.
Como si algo estuviera esperando.
Mi compañero sigue hablando.
Yo asiento.
Sonrío.
Participo en la conversación.
Y al mismo tiempo noto esa ausencia creciendo detrás de todo.
No ocupa el centro.
Ocupa el fondo.
Y precisamente por eso resulta más difícil ignorarla.
Por la tarde reviso una notificación irrelevante en el móvil.
Una promoción.
Un mensaje automático.
Un vídeo absurdo.
Lo abro.
Empiezo a verlo.
Tres minutos después me doy cuenta de que no he prestado atención a nada.
Ni una sola imagen.
Ni una sola palabra.
Porque he pasado esos tres minutos enteros sintiendo que algo estaba desplazado dentro del mundo.
No dentro de mí.
Dentro del mundo.
Eso es lo que más miedo me da.
La sensación de que la ausencia ha dejado de parecer una ausencia.
Y ha empezado a parecer un defecto estructural.
Como si la realidad hubiera perdido una pieza.
Como si una parte de la maquinaria estuviera funcionando sin lubricación.
Como si el aire mismo hubiera olvidado algo.
Intento razonar.
Intento explicarlo.
Intento desmontarlo.
Pero cuanto más lo analizo menos desaparece.
Y cuanto menos desaparece más espacio ocupa.
Y cuanto más espacio ocupa más vergüenza siento.
Porque una parte de mí entiende perfectamente que nada ha ocurrido.
Nada.
Absolutamente nada.
Y otra parte sigue esperando.
No sabe qué espera.
No sabe por qué espera.
Solo sabe que espera.
A veces me descubro mirando una pantalla apagada.
O una ventana.
O una cuchara abandonada junto al fregadero.
Y durante unos segundos aparece una certeza insoportable.
La certeza de que el problema no es recordar.
El problema es haber empezado a organizar la realidad alrededor de aquello que se recuerda.
Y entonces comprendo algo que preferiría no comprender.
La ausencia no se siente vacía.
La ausencia se siente activa.
Como si estuviera haciendo algo.
Como si estuviera creciendo.
Como si estuviera aprendiendo a ocupar más espacio cada día.
No lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…