Lo extraño es que ya no pienso tanto en las herramientas.
Durante semanas creí que sí. Creí que la obsesión estaba allí, en los objetos, en las diferencias entre ellos, en las posibilidades que representaban.
Pero cuanto más se acerca el momento, más comprendo que no es eso.
La paleta, la correa, el fustigador.
Podrían estar sobre una mesa.
Podrían permanecer ocultos.
Podrían incluso no aparecer todavía.
Y aun así la sensación sería la misma.
Porque lo que ocupa mi mente no son las herramientas.
Es el proceso.
La manera en que él las observa.
La manera en que decide.
La manera en que parece existir una lógica completa detrás de cada elección.
A veces intento imaginar el instante exacto.
No el impacto.
El momento anterior.
Ese segundo aparentemente insignificante en que su atención se desplaza de una cosa a otra.
Cuando mira.
Cuando evalúa.
Cuando decide.
Y por alguna razón ese instante se queda conmigo mucho más tiempo que cualquier otra imagen.
Quizá porque allí ocurre algo que todavía no sé explicar.
Una especie de alineación silenciosa.
Como si todas las piezas comenzaran a ocupar el lugar para el que fueron diseñadas.
Y yo también.
Antes jamás me habría imaginado esperando algo así.
Ni siquiera puedo señalar cuándo empezó.
No hubo una revelación.
No hubo una decisión.
Simplemente apareció.
Un día descubrí que estaba pensando en ello.
Después descubrí que seguía pensando en ello.
Y luego comprendí que la idea ya había comenzado a construir habitaciones enteras dentro de mi cabeza.
No sé exactamente qué disfruto.
Sigo sin saberlo.
Si alguien me preguntara ahora mismo, no tendría una respuesta clara.
No pienso en felicidad.
No pienso en placer.
Pienso en una quietud muy concreta.
La quietud de saber que existe una dirección.
La quietud de no tener que sostener todas las decisiones.
La quietud de acercarme lentamente a un momento que parece haber sido preparado mucho antes de que yo llegara.
Hay noches en las que me sorprendo imaginando detalles absurdamente pequeños.
La textura de una silla.
La distancia entre dos pasos.
La posición de una mano apoyada sobre una mesa.
La forma en que una habitación cambia cuando alguien entra en ella con una intención clara.
Y cuanto más pequeños son esos detalles, más reales parecen.
Como si mi mente estuviera dejando de observar el acontecimiento completo para concentrarse en las partículas que lo forman.
La espera funciona así.
No crece hacia afuera.
Crece hacia adentro.
Se infiltra.
Se acomoda.
Empieza ocupando unos pocos pensamientos y termina modificando la forma en que percibes el tiempo.
Todavía faltan días.
Todavía no ha ocurrido nada.
Y sin embargo algunas partes de mí parecen haber llegado antes.
A veces estoy sentado leyendo, trabajando o caminando y de pronto aparece esa sensación.
No una imagen.
No una fantasía.
Solo una certeza tranquila.
La certeza de que el proceso continúa avanzando incluso cuando no pienso en él.
Como una maquinaria silenciosa funcionando detrás de una pared.
Y entonces vuelvo a imaginar lo mismo.
No el final.
No el resultado.
Ni siquiera el momento central.
Solo el instante de espera.
Estar allí.
Respirando.
Observando.
Sintiendo que todo ya ha sido ajustado.
Que cada elemento ocupa su lugar.
Que él sabe algo que yo todavía no sé.
Y que, por una vez, mi única tarea consiste en permanecer donde estoy.
Esperar.
Nada más.
Y, extrañamente, eso parece suficiente.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…