El Espasmo Petrificado: Sutura de la Carne y Silencio en la Autopsia del Orgasmo

Hay algo que nunca cuento.

Ni siquiera cuando escribo para mí.

Porque parece demasiado pequeño.

Ridículo, incluso.

Después de correrme siempre miro la hora.

No sé cuándo empecé a hacerlo.

Simplemente ocurre.

La respiración todavía acelerada.

La habitación inmóvil.

Y yo mirando la pantalla del móvil.

Como si estuviera esperando una confirmación.

Hace unas semanas ocurrió algo extraño.

Terminé.

Cogí el teléfono.

Miré la hora.

23:17.

Nada especial.

Lo dejé sobre la mesilla.

Fui al baño.

Bebí agua.

Volví.

La pantalla seguía encendida.

23:17.

Recuerdo haber pensado que el sistema se había quedado congelado.

Toqué el móvil.

La hora cambió inmediatamente.

23:24.

Siete minutos.

No sé por qué sigo pensando en eso.

No tiene importancia.

Lo sé.

Y aun así vuelvo.

Hay cosas más raras.

Por ejemplo, el silencio.

Nadie habla de eso.

Todo el mundo habla del deseo.

De la excitación.

Del momento previo.

Pero nadie habla del silencio que aparece después.

Ese silencio tiene peso.

No es una metáfora.

Lo siento físicamente.

Como si algo abandonara la habitación.

O como si algo llegara cuando lo demás se marcha.

Todavía no sé cuál de las dos opciones me inquieta más.

La primera vez que empecé a leer sobre dominación pensé que buscaba intensidad.

Eso parecía lógico.

Era una explicación cómoda.

La repetí durante meses.

Me gusta la intensidad.

Me gusta explorar.

Me gusta entender.

Mentira.

O al menos no toda la verdad.

Porque cuanto más leía menos interesado estaba en el placer.

Y más interesado estaba en algo que me daba vergüenza nombrar.

La anticipación.

No la acción.

La espera.

Ese instante en el que todavía no ha pasado nada.

Pero ya no puedes fingir que no va a pasar.

Recuerdo una noche concreta.

La ventana abierta.

El ruido lejano de un coche.

La luz azul del portátil.

Estaba leyendo algo bastante inocente.

Una explicación.

Una reflexión.

Nada explícito.

Y de pronto tuve que cerrar la pantalla.

No porque me hubiera excitado.

Porque me había reconocido.

La sensación fue tan rápida que casi desaparece.

Pero alcancé a verla.

Como una sombra cruzando una habitación.

Pensé:

ya conocía esto.

Y ese pensamiento me asustó más que cualquier fantasía.

Porque no parecía un descubrimiento.

Parecía un recuerdo.

Desde entonces hay una frase que vuelve constantemente.

No sé dónde la leí.

Quizá nunca la leí.

Quizá la inventé.

La frase dice:

«Nada aparece por primera vez.

Solo llega el momento en que lo reconoces.»

Intento ignorarla.

No funciona.

Aparece mientras trabajo.

Mientras camino.

Mientras espero en una cola.

Aparece cuando menos debería.

Hace tres días encontré una nota en uno de mis libros.

Era mi letra.

Eso fue lo primero que comprobé.

Mi letra.

Mi cuaderno.

Mi página.

Y aun así no recordaba haber escrito aquello.

Solo una frase.

Nada más.

«Deja de preguntarte por qué te interesa.

Pregúntate por qué intentas que no te interese.»

Me quedé mirando esas palabras durante varios minutos.

No porque fueran profundas.

Porque parecían dirigidas exactamente a la persona que soy ahora.

Como si alguien hubiera llegado antes.

Como si alguien supiera que terminaría aquí.

Desde entonces he releído la nota demasiadas veces.

Más de las que admitiría.

Más de las que tienen sentido.

Ayer incluso le hice una fotografía.

No quería perderla.

Esta mañana volví a mirarla.

La fotografía seguía allí.

La frase también.

Pero había olvidado por completo el momento de tomar la foto.

No el día.

No la semana.

El momento.

Un vacío perfecto.

Una ausencia limpia.

Y llevo todo el día pensando en eso.

No en la frase.

En el hueco.

En la parte que falta.

Porque empiezo a sospechar que el problema nunca fue el deseo.

Ni el orgasmo.

Ni la curiosidad.

El problema es que cada vez encuentro más pruebas de que algo en mí llegó antes que yo.

Y no sé cuánto tiempo lleva esperando.

La nota sigue sobre la mesa.

La he movido tres veces.

O eso creo.

Ahora mismo está junto al portátil.

Aunque juraría que la dejé junto a la ventana.

No importa.

Seguramente no importa.

Lo preocupante es que ya no estoy seguro de querer comprobarlo.

La puerta sigue abierta.

Y por primera vez no sé si quiero cruzarla o saber quién la abrió.

Tengo que mover el cuello…