El Afasia del Cuarzo: Ingeniería de la Extinción Semántica en el Soporte

Lo extraño no es quedarse sin palabras.

Lo extraño es seguir teniendo palabras y descubrir que ya no sirven.

Durante años pensé que todo podía explicarse.

Una conversación.

Un deseo.

Un miedo.

Una decepción.

Todo parecía poder reducirse a una secuencia razonable de frases.

Ahora ya no estoy tan seguro.

Porque cuanto más pienso en ello, más noto una especie de separación.

Las palabras continúan llegando.

Pero aquello que intentan describir permanece inmóvil detrás de ellas.

Como una estructura demasiado grande para atravesar una puerta.

A veces intento explicarme la obsesión.

Intento organizarla.

Clasificarla.

Convertirla en algo comprensible.

Pero cada explicación parece romperse antes de llegar al final.

No es obediencia.

No es dolor.

No es dependencia.

No es admiración.

No es ninguna de esas cosas por separado.

Y tampoco es la suma de todas ellas.

Es algo más difícil.

Algo que parece existir debajo de los nombres.

Por eso cada vez me interesa menos hablar de lo que ocurre.

Y más observar lo que permanece.

La espera.

La inmovilidad.

La sensación de claridad.

La forma en que ciertos recuerdos conservan una definición imposible.

Mientras otros desaparecen.

Todavía recuerdo la tercera línea roja.

La separada.

La que estaba cerca del marco superior de la puerta.

Podría dibujarla.

Podría señalar su posición exacta.

Podría reconstruir la distancia que la separaba de las otras dos.

Y sin embargo soy incapaz de explicar por qué sigue ahí.

Eso es lo que me preocupa.

No el recuerdo.

La nitidez.

Porque hay conversaciones enteras que he olvidado.

Personas cuyos rostros apenas recuerdo.

Días completos reducidos a una niebla sin forma.

Pero aquella línea continúa existiendo.

Como si hubiera sido archivada en una parte distinta de la memoria.

Como si perteneciera a otra categoría de realidad.

A veces pienso que la obsesión no consiste en regresar.

Consiste en intentar resolver una pregunta que nunca termina de formularse.

Una pregunta que aparece cada mañana.

Mientras miro el techo.

Mientras camino por una calle.

Mientras escucho a alguien hablar.

La misma pregunta.

¿Quién era yo antes de que esto empezara a ocupar tanto espacio?

Y cuanto más intento responderla, más distante parece aquella persona.

No desaparecida.

No destruida.

Simplemente lejana.

Como una voz escuchada desde otra habitación.

Mientras aquí permanece otra cosa.

Más silenciosa.

Más inmóvil.

Esperando.

Observando.

Recordando con una precisión imposible aquello que debería haber sido olvidado.

Tengo que mover el cuello…