Sade y la Democratización del Placer: La Inscripción Quirúrgica para las Masas

La democratización del placer debería haber producido abundancia.

Eso era la promesa.

Más acceso.

Más libertad.

Más posibilidades.

Más cuerpos.

Más imágenes.

Más experiencias.

Sin embargo, sentado en esta habitación, observando el polvo blanco acumulado sobre la mesa, tengo la sensación de que ocurrió exactamente lo contrario.

La grieta sobre el techo parece más larga que ayer.

No estoy seguro.

No la medí.

Pero algo en su forma resulta distinto.

Como si hubiera avanzado durante la noche.

Como si la habitación continuara trabajando cuando yo no la observo.

Miro la pantalla.

Miles de estímulos.

Miles de opciones.

Miles de pequeñas invitaciones a sentir algo.

Y de pronto aparece una sensación extraña.

No excitación.

Todavía no.

Algo anterior.

La expectativa de la excitación.

La promesa de que existe en alguna parte.

La certeza de que el siguiente estímulo será el correcto.

Luego el siguiente.

Luego otro.

Sade habría reconocido inmediatamente la estructura.

No porque tuviera acceso a esta tecnología.

Sino porque comprendía la mecánica.

El libertino no persigue el placer.

Persigue el momento anterior al placer.

La tensión.

La aproximación.

La sensación de que la siguiente puerta será la definitiva.

Pero nunca lo es.

Y precisamente por eso sigue avanzando.

La habitación permanece inmóvil.

La pantalla cambia.

La habitación permanece.

La pantalla cambia.

La habitación permanece.

La pantalla cambia.

Empiezo a notar algo incómodo.

No estoy buscando una imagen.

Estoy buscando la desaparición de una sensación.

Hay una diferencia enorme.

Una busca presencia.

La otra busca alivio.

La grieta del techo parece haberse desplazado otra vez.

Esta vez estoy casi seguro.

No mucho.

Quizá unos milímetros.

Quizá menos.

Intento recordar su forma exacta.

No puedo.

Entonces comprendo algo.

Quizá la democratización del placer no consiste en repartir placer.

Quizá consiste en repartir búsqueda.

Distribuir hambre.

Multiplicar expectativa.

Convertir a millones de personas en organismos especializados en aproximarse constantemente a una satisfacción que nunca termina de materializarse.

Sade habría disfrutado la ironía.

La promesa de abundancia produciendo escasez.

La promesa de libertad produciendo repetición.

La promesa de placer produciendo vigilancia.

Sigo observando la habitación.

La pantalla continúa encendida.

La nota sigue sobre la mesa.

No recuerdo haberla dejado ahí.

No recuerdo cuándo apareció.

Tampoco recuerdo haberla leído.

Pero conozco su contenido.

Eso es lo extraño.

Porque está doblada.

Porque no puedo ver las palabras.

Y aun así sé exactamente lo que dice.

NO ES DESEO.

Nada más.

Solo eso.

Siento una excitación repentina.

Breve.

Fría.

Casi eléctrica.

No provocada por ninguna imagen.

Ni por ningún cuerpo.

Ni por ninguna fantasía.

Provocada por la sospecha de que algo acaba de explicarse solo.

Y de que esa explicación no me incluye.

La habitación guarda silencio.

La grieta sigue avanzando.

Tengo que mover el cuello.

No lo estoy moviendo.

Debería.

La base del cráneo es una superficie de yeso frío.

La nota sigue cerrada.

No necesito abrirla.

Sigo leyéndola.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…