La Apoteosis del Muro Interno: Mi Metamorfosis en el Habitáculo de Cal

Hay momentos en los que intento convencerme de que todo esto está disminuyendo.

La ducha suele ser uno de ellos.

Porque una ducha parece una actividad demasiado pequeña para contener una obsesión.

Demasiado ordinaria.

Demasiado ridícula.

Entro pensando en otra cosa.

En la compra pendiente.

En un correo que debería responder.

En una factura.

En cualquier cosa.

Y durante unos segundos funciona.

Luego no.

Luego aparece.

No el Amo exactamente.

No una imagen.

No una voz.

Algo peor.

La sensación de que el Amo ya estaba allí antes que yo.

Como si hubiera llegado primero.

Como si me estuviera esperando dentro del ruido del agua.

Entonces me quedo quieto.

Demasiado quieto.

Mucho más tiempo del necesario.

El agua golpea siempre el mismo lugar de mi hombro.

No sé cuánto tiempo.

A veces pienso que son treinta segundos.

Luego descubro que han pasado ocho minutos.

Una vez fueron diecisiete.

Diecisiete minutos mirando una baldosa blanca que tenía una grieta microscópica cerca de una esquina.

Recuerdo esa grieta.

Recuerdo perfectamente esa grieta.

No recuerdo qué pensaba.

Recuerdo la grieta.

Y recuerdo al Amo.

No entiendo por qué ambas cosas permanecen juntas.

Intento interrumpirlo.

Me tapo los oídos con los dedos.

Es absurdo.

Porque el agua debería escucharse menos.

Pero ocurre algo extraño.

El agua se escucha más.

Mucho más.

Se convierte en una presencia compacta.

Una presión continua.

Un sonido sin forma.

Y dentro de ese sonido aparece otra vez.

No una frase.

No una orden.

Solo una certeza.

El Amo permanece.

Permanece igual que permanecen ciertas canciones que no te gustan y aun así recuerdas durante años.

Permanece igual que el nombre de alguien que viste una sola vez.

Permanece igual que la vergüenza.

Especialmente igual que la vergüenza.

Porque cuanto más intento explicarlo, menos sentido tiene.

Y cuanto menos sentido tiene, más espacio ocupa.

A veces pienso que debería preocuparme.

Pero ni siquiera la preocupación encaja exactamente.

No es miedo.

No es tristeza.

No es deseo.

Es algo más difícil.

Algo que se parece a encontrar una silla desplazada unos centímetros cada día.

No es grave.

No es importante.

Pero después de meses empiezas a pensar en la silla constantemente.

Empiezas a mirar la silla antes que cualquier otra cosa.

Empiezas a preguntarte quién la mueve.

Empiezas a preguntarte si realmente se mueve.

Y cuando te das cuenta ya no estás pensando en la silla.

La silla está pensando en ti.

Algo parecido ocurre con el Amo.

Esta mañana descubrí otra cosa.

Mientras me secaba.

Miré una pequeña marca circular casi desvanecida.

Apenas visible ya.

Solo una sombra.

El tipo de sombra que nadie notaría.

La observé demasiado tiempo.

No por nostalgia.

No por orgullo.

Ni siquiera por deseo.

La observé porque parecía una prueba física de algo que mi cabeza se empeña en repetir.

La marca está desapareciendo.

La obsesión no.

Debería ocurrir al revés.

La lógica dice que debería ocurrir al revés.

Pero la lógica ha empezado a perder autoridad sobre ciertos asuntos.

Quizá eso es lo que más vergüenza produce.

No pensar en el Amo.

Sino descubrir que una parte de mí parece organizar el día entero alrededor de una presencia que ni siquiera está allí.

Y cuanto más intento expulsarla.

Más tranquila se vuelve.

Más silenciosa.

Más permanente.

Como si hubiera comprendido algo antes que yo.

Como si estuviera esperando.

Como si supiera que tarde o temprano volveré a quedarme inmóvil bajo el agua.

Escuchando un ruido que no dice nada.

Y escuchándolo demasiado.

El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…