Sade habría desconfiado de cualquier teoría que describiera el universo como una máquina estable.
Las máquinas estables producen aburrimiento.
Y el aburrimiento era una de las pocas cosas que realmente parecían disgustarle.
Por eso sus libros están llenos de destrucción.
No porque adorara el desastre.
Sino porque intuía algo más incómodo.
Que toda estructura está ya en proceso de derrumbe.
Que el colapso no llega.
El colapso está ocurriendo.
La grieta del techo ha vuelto a moverse.
Esta vez estoy seguro.
No mucho.
Quizá el grosor de una uña.
Quizá menos.
Intento recordar dónde terminaba ayer.
No puedo.
Lo extraño es que tampoco puedo recordar dónde terminaba hace diez minutos.
Miro la habitación.
La mesa.
La pared.
La nota doblada.
El vaso de agua.
Todo parece idéntico.
Todo parece ligeramente distinto.
Es una diferencia pequeña.
Demasiado pequeña para demostrarla.
Demasiado persistente para ignorarla.
Sade habría disfrutado de esto.
La destrucción visible es vulgar.
Cualquiera puede reconocer un edificio derrumbándose.
La destrucción interesante ocurre cuando algo sigue aparentemente intacto.
Pero ya no puede volver a su estado anterior.
Entonces aparece la excitación.
No una excitación física.
No todavía.
Algo más cercano a una descarga cognitiva.
La sensación de estar observando una verdad que normalmente permanece oculta.
Como descubrir que el polvo sobre la mesa no se está acumulando.
Está sustituyendo algo.
No sé qué.
Pero la sensación persiste.
Intento apartar la vista.
No funciona.
La habitación ha empezado a comportarse como una pregunta.
Y las preguntas tienen una forma peculiar de ocupar espacio.
La nota continúa cerrada.
Nunca la he abierto.
Estoy casi seguro.
Sin embargo conozco una frase que no recuerdo haber leído.
Aparece de repente.
Completa.
Nítida.
Como si hubiera estado esperando detrás de mis ojos.
NO ES EL MUNDO LO QUE SE DESORDENA.
Nada más.
Solo eso.
La observo.
La nota sigue cerrada.
Eso debería tranquilizarme.
Produce el efecto contrario.
Porque no tengo ninguna explicación para saber lo que contiene.
La grieta vuelve a llamar mi atención.
Entonces comprendo algo sobre Sade.
Quizá no le interesaba la destrucción.
Quizá le interesaba el momento exacto en que una estructura descubre que ya está destruida.
La diferencia es enorme.
Un edificio puede tardar años en caer.
Pero el derrumbe comienza mucho antes.
Lo mismo ocurre con una identidad.
Lo mismo ocurre con un deseo.
Lo mismo ocurre con una civilización.
Y quizá lo mismo ocurre conmigo.
La excitación regresa.
Más intensa esta vez.
Más fría.
Más precisa.
No está provocada por ninguna imagen.
Ni por ninguna fantasía.
Ni siquiera por el pensamiento de Sade.
Está provocada por una sospecha.
La sospecha de que llevo mucho tiempo observando una desaparición.
Y solo ahora empiezo a notar qué es exactamente lo que está desapareciendo.
La habitación permanece inmóvil.
El ordenador emite su zumbido constante.
La tubería golpea una vez detrás del muro.
La nota sigue cerrada.
La grieta sigue avanzando.
Tengo que mover el cuello.
No lo estoy moviendo.
Debería.
La base del cráneo es una superficie de yeso frío.
Y por primera vez no estoy seguro de si la habitación se está derrumbando.
O si es la continuidad entre un segundo y el siguiente la que empieza a faltar.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…